Semblantes para el capital: el novelista sudoroso, el
poeta costurero.
Por Matías Laje
¿Con qué
máscara se dirige el escritor al Mercado? ¿Qué atraviesa esta exigencia?
¿Qué imágenes históricas del escritor fermentan de la tensión entre la
escritura y el Mercado? Sabrán disculpar que estas preguntas
invisibilicen a los escritores que no pretenden participar del Mercado,
lamentablemente por un momento quedan fuera de mi atención.
Un
semblante anterior: el novelista sudoroso del siglo XIX
No deja de sorprenderme que un hecho histórico como la revolución de los
obreros europeos de 1848 sea, digamos, más o menos un secreto. Elmanifiesto comunista, publicado por primera vez en 1847, fue uno
de los tantos textos que se produjeron dando enunciabilidad al malestar
por la crisis económica de la época, bajo la exigencia de la Liga
Comunista de una formalización del programa de acciones, que anticipaba
una revolución que comenzaría en Francia para seguir en otras ciudades
industriales europeas. La revolución se sostuvo por algunos meses, y su
resultado fue el fracaso de los obreros bajo la represión burguesa. Si
El manifiesto era el programa, Marx, hombre tenaz, ofrece un
análisis de este fracaso en El 18 brumario de Luis Bonaparte.
Tanto el
proletariado revolucionario como la burguesía mostraron sus cartas, y
los vencedores, sabiendo a qué atenerse ya, se bajaron del tren de la
historia y destinaron, por ejemplo, una parte de su capital a la
remodelación urbana para hacer de las ciudades una máquina de guerra
capaz de contener cualquier revuelta. Paris cambia, dice
Baudelaire, testigo de la destrucción de una Paris medieval que se
transformó en anchísimos bulevares, calles iluminadas a gas, en fin: una
ciudad a prueba de barricadas, principal arma urbana de la revolución.
Pero el repertorio de la represión no es precisamente variado, y acá
hemos visto otro tanto con el Plan de Autopistas Urbanas de la última
dictadura militar, emblema del intendente de facto porteño Cacciatore,
cuya promesa de mejora del tránsito ocultaba la función estratégica del
tabicamiento de la ciudad para facilitar la represión de cualquier
levantamiento urbano.
En este
orden de cosas, si el urbanismo no sale ileso, menos aún la literatura.
Yo cambio, debería agregar Baudelaire. Cambia lo real de la
estructura económica, cambian los semblantes, aunque más lentamente.
Barthes lo precisa en “El artesanado del estilo”: «Hacia 1850
comienza a plantearse a la Literatura un problema de justificación (…)
va a sustituir el valor de uso de la escritura con un valor-trabajo».
Podríamos hacer una genealogía hermosa sobre cómo se dio la entrada al
capitalismo para las mesas, o los zapatos. La literatura también tiene
su entrada particular, que es simultánea a su nacimiento. Pero más que
los problemas sobre el uso, resueltos por un programa de
autonomía literaria, considero que la literatura es más bien interpelada
por el Mercado para demostrar cómo es que se objetiviza valor en
su producción. En ese momento, con el tiempo homogéneo legitimado como
la vara con la que medir una mercancía, con eso, con el tiempo va a
justificarse la literatura. Los abanderados de la autonomía más que
nunca atados al Mercado.
Ante la
interrogación del Mercado, una escena. Desde luego, semejante escena no
se sostiene sin un buen semblante. Sin demora, una gran cantidad de
escritores se dedica a forjar la imagen del escritor-trabajador. En una
carta de Flaubert, paladín del trabajo de corrección infinita, la
siguiente queja de 1852: «¡Veinte páginas en un mes y trabajando por lo
menos siete horas diarias!». La posición acomodada de escritores como
Flaubert no los exime de sentirse interpelados por el Mercado.
Supongamos
que soy el Mercado. Usted me muestra un árbol y a la semana, junto al
tocón del árbol talado, me muestra una mesa: puedo ejercer mi función de
cálculo sin mayores problemas. Pero si luego de años me muestra un
poema, no sé qué hacer. Para el escritor, que trabaja con palabras, todo
es más difícil. Mucho más ambiciosa que la alquimia, que no supo qué
decirle al Mercado, la literatura tiene que hacer una mercancía con
palabras, y encima con un programa abstencionista donde nada de lo que
se pierde al escribir puede recuperarse por la vía de un uso.
El trabajo
niega para producir, niega un árbol y ofrece una mesa, y eso no es sin
consecuencias para el que niega. Pero, con Blanchot preguntamos: ¿qué
niega la escritura? Es todo un problema ser un trabajador de la palabra
en tiempos del Mercado.
La
mercancía es la forma histórica del producto del trabajo en el
capitalismo, y estos escritores sudorosos van a acentuar esa dimensión
formal hasta el absurdo: lemot juste es una
solución formal al problema económico de la inasibilidad del lenguaje,
de su particular modo de ser material y la consecuente dificultad de la
escritura para objetivarse como horas de fuerza de trabajo. Es más,
podemos pensar que al hacer su trabajo, el escritor materializa el
lenguaje, le da materialidad al trabajarlo.
En ese
siglo XIX, el valor ya nada tiene que ver con la envergadura material
del producto: sólo veinte páginas son el resultado de, por lo
menos, unas 200 horas de trabajo. Así, el estilo responde a una
exigencia del Mercado, que sopesa el trabajo sobre el significante y sin
decir nada se limita a mirar con recelo a los escritores que, húmeda la
frente por el miedo y el esfuerzo, se apuran a decir: «Palabras, amo,
palabras, ¡pero bien sabe el tiempo que me han llevado!». Para que la
comedia no muestre sus costuras, la industria editorial refuerza la pata
floja y, por si las moscas, sube la apuesta por el lado de las cosas con
la novela monumental: frente a medio kilo de papel ya no quedan dudas
para el Mercado: ese hombre trabajó.
Un semblante actual: el
poeta costurero
Cómo
demostrar que escribir es trabajar sigue siendo un problema para el
escritor actual. Selci y Mazzoni, integrantes de una especie de juventud
materialista, han relevado con pericia los modos locales de escritura al
precisar un movimiento, cuando sentencian hacia el final de “Poesía
actual y cualquerización” que hoy para la poesía actual «un autor es un
editor». El fervor editorial de los autores actuales subordina la
escritura a la publicación, dicen. Pensamos, más bien, que la escritura
se extiende hacia la publicación misma, se la traga. Publicar es
escribir, diríamos.
Ante la
vigencia del mismo problema se mantiene la solución de la novela
monumental, remanentes como El pasado, de Alan Pauls o Donde
yo no estaba, de Marcelo Cohen dan prueba de esto: del siglo XIX
para acá el tiempo no ha pasado para estas alhajas de la modernidad
tardía.
Pero para
la poesía actual, tanto peor: ni la destreza del orfebre ni el monumento
sublime. El semblante del estilo se vuelve difícil de sostener, en parte
por la falta de tiempo destinable a escribir en un momento donde se
impone un escritor part-time, sumado a la brevedad forzada para mantener
a raya los costos fijos de producción: la situación es dramática. ¿Cómo
mostrar la acumulación de gasto de fuerza de trabajo en un soporte
material cada vez más breve y sin poder ya apelar al estilo? Se vuelve
imperativo agregar valor a la escritura: el autor entonces pasa unas
horas trabajando en lo que puede, otras escribiendo, haciendo textos, y
otras, haciendo libros. El escritor como figura del don obligado:
trabaja en la edición de sus textos o los de sus amigos, pero no incluye
el gasto de su fuerza de trabajo en el precio de tapa del libro, y así
es cómo el precio de tapa de un libro
«independiente», categoría que habría que revisar, se calcula sobre el
costo de los materiales en el sentido del capital constante, del papel,
el cartón, la impresión, pero no se incluye el capital variable, aquel
que se corresponde con el tiempo de trabajo necesario para producir un
libro, ya sea escribirlo o coserlo.
El alegato obligado por parte de los autores editores es que el precio
de tapa subiría demasiado y el libro se volvería imposible de vender, o
de comprar. La producción de libros independientes se ve entonces
doblemente atravesada por: a) el acceso a los subsidios, por el peso
político de un escritor que puede hacerse un lugar en el presupuesto que
el Estado como nuevo mecenas dispone para la legión cultural, b) por su
capacidad de contar con otro modo de subsistencia que le permite no
materializar en el libro editado el gasto de fuerza de trabajo que
implican su escritura y su edición.
Por su parte, el diseño permite agregar valor al libro, y es así como
algunas editoriales independientes recuperan el cuerpo que ha dejado la
industria discográfica: libros de poesía que exhuman el cadáver del CD,
como las ingeniosas y cuidadas ediciones de VOX.
La FLIA
¿Qué es?
Es la Feria del Libro Independiente y A, que sucede cada unos tres meses
en espacios que ceden, en general, distintas organizaciones en lucha que
tienen o descubren su afinidad con la FLIA: una fábrica de globos
recuperada, una fábrica de aluminio recuperada, la Facultad de Filosofía
y Letras, el centro de estudiantes de Sociales, entre varias otras. Se
produce autogestivamente, a partir de inquietudes concretas de
escritores, jóvenes en su mayoría con otros trabajos que se juntaron
para, en un primer momento, hacer una contra-feria de la oficial en La
Rural, que nunca pierde del todo su olor a bosta. Luego se decidió en
asamblea que había que reorientar la FLIA en su propia dirección, a
distancia de la oficial pero no marginalmente, es decir no
ubicarse deliberadamente en el margen de un centro. Una decisión
maravillosa.
Ahí, uno
puede encontrar textos y libros que no se limitan a elegir entre las
formas obligadas, porque la FLIA tiene una relación bastante éxtima con
el Mercado. Y así es como creció y creció, en cantidad de participantes
y de alegría generalizada. En la FLIA se trabaja, mal que mal,
alegremente. No se cobra nada por tener un puesto, y se puede hacer una
contribución voluntaria para pagar los afiches de difusión. Ni estatal
ni privada: nos obliga a pensar, nos da trabajo, y para la poesía
actual: visibilidad y enunciabilidad para cuestionar, y no sólo
responder, al Mercado.