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OTRO TORO ROTO
Por Béla Arnau
La vida
tiene en un hilo
El gran
diestro matador
Con la
muerte está toreando,
¡Gaona
se muere y no!

[i]
Hablaremos de toros en una
revista que pretende hablar de psicoanálisis y poesía. Cometer un
fraude, a la vista de todos y en la vista de todos -la lectura acontece
en los ojos- será nuestra manera de hacer trabajar la ignorancia que
compartimos, lector.
TORO
En la corrida, lo que extiende y mantiene
la tensión, lo que excita la atención y encabalga el andar metonímico
del deseo es el rodeo. La elipsis de la muerte que en su
demorarse retrasa lo inevitable[ii].
Por eso, lo que va trazando la corrida son todas las muertes posibles.
Cuanto mayor el repertorio, cuanto más oblicua se presente y cuanto
mayor sea el riesgo que se asume, más próxima se verá pasar a la
muerte. De este modo, el torero pone al alcance de los ojos del público
el carácter táctil, la grumosidad de la muerte. Su actualidad se
despliega en la virtualidad de esas otras muertes.
La espectacularidad de la
muerte es condición de la corrida. Quiero decir, es a través del montaje
de la escena-corrida el modo que tiene ésta de mostrarse. Por eso no es
extraña sino precisa, la disponibilidad a la geometría de los elementos
que intervienen. Su ambición simbólica. Pienso en la rectitud de la
muleta, la circularidad de la pista, el rojo de la capa. A través de esa
prestación de los elementos y organización del espacio (que adeudan
todos los deportes) se introduce necesariedad y calculabilidad a la
contingencia de la corrida.
[iii]
Las muertes posibles tienen
lugar e inscripción –como recién dijimos- en el plano de la pista pero
principalmente en la cruz del toro. Cada puntada introduce en su lomo la
muerte. Se hace carne el trabajo de una técnica. Y la administración
concienzuda de la muerte en la estocada, a través de la verónica o el
cite de costado, intenta enfermar de racionalidad al animal. Postula así
una economía de la muerte.
Las muertes posibles van
desrealizando a la muerte actual. Es el modo en que la posibilidad puede
hacerse mundo: desrealizándolo. Esta es la operación fundante de la
modernidad, y fue Descartes el primero en advertirlo. A través de la
desrealización de los sentidos “me consideraré a mí mismo sin manos, sin
ojos, sin carne, sin sangre” que la duda realiza, el ego adquiere esa
ganancia de realidad que lo sustancia. Por ello, las ideas también ganan
en realidad y se distingue una realidad formal (su modo de ser) y otra
objetiva (aquello que representan).
***
[iv]
Muchas piezas del teatro
español -persistencia o cortesía- nos han convencido de que sólo la
muerte salva la distancia de un amor imposible. Relatos que se articulan
entre el amor y la muerte, en el amor incondicional que exige la vida
del amante. Esa tradición es la que traicionándola deviene fílmico a
través de una sensibilidad como la de Almodóvar. Hablo de su película
Matador. Y hablo de la traición, como modo privilegiado de
vincularnos con la tradición. Es lo que le permite leer a Almodóvar en
el reverso o el verso de matar por amor, la vuelta de tuerca del amor
cortés: el amor por matar.
Un torero y una asesina.
Dicen que se aman porque aman lo mismo: matar. En otra parte el torero
dice algo que aquí nos interesa: “A la hora de matar no podemos dudar”.
Si la duda cartesiana es el rodeo de un enfrentamiento con la nada y el
sin sentido de la existencia, lo que encuentra en el cogito es un plan
de evasión ante la vieja Capitana. Duelo imposible y asimétrico, allí
donde la huida siempre fracasa, la muerte nunca falla.
***
En la corrida y a las
corridas hay algo que el toro no puede negar: su animalidad. Porque
justamente lo que no puede es esto, negar. Actividad esencialmente
humana. El hombre cifra su humanidad en la capacidad de negar. Es como
si cada vez que se le ofrece al toro la capa, se lo invitara a la
humanidad. Y el toro embistiéndola, exhibiera su pertenencia
inclaudicable, su indisoluble lazo con la naturaleza.
En esto el toro fracasa una
y otra vez, deja la vida en ello. Podemos pensar que el toro muere por
frustración, por la condena de no ser lo suficientemente hombre. Esto en
el hombre tiene un nombre posible, la falta en lo imaginario. Pero ¿a
qué es a lo que se lo invita al toro decir en la escena de la corrida?
¿cuál es su texto?
[v]
Se lo invita al toro a
decir no otra cosa que aquello que lo humano sabe de sí. Debe repetirse
en las imágenes en las que el trabajo del hombre lo ha sedimentado y
constituido: su fuerza, valor, masculinidad, fortaleza. ¡Si el toro no
pelease!
En tal caso no podría el hombre reconocer
lo que él cree saber de sí. Pero está el toro tan capturado por lo
natural que su querer será siempre pelear. Otro modo que tiene el hombre
de mostrar su dominio sobre la naturaleza. Pues es sólo en el hombre
donde el toro puede revelar su animalidad. El animal no puede ser el
otro del hombre. El otro del hombre es siempre otro hombre.
[vi]
La muerte que toca al toro
es definitiva, la que toca al torero: provisoria. El torero es quien
vive la muerte del toro, el único capaz de vivirla.
OTRO
Al hablar
siempre estamos hablando de otra cosa. Todos los deportes se reducen en
última instancia al boxeo. Una piña por otra, pensaba Perlongher. No
tengo manera de probarlo y en todo caso poco importa, pero compartamos
por unos párrafos la sospecha de que esa verdad se le habría desprendido
del pensamiento que sostiene el arte pugilístico de Nicolino Locche.

Espejo de
reflejo enceguecedor, eso es Locche. Un ausentarse en la máxima
manifestación. Se presta como una pura superficie lisa, tan lisa que
deja de verse. Se espeja. Ofrece su rostro pero ninguna piña lo
encuentra. Despliega así una técnica de la despresencia, del ausentarse
y del ahuecamiento. Intocable. Se ve en sus peleas –groseramente- que
los golpes que el contrincante erra, son aquellos que se da a sí mismo.
Locche les ofrece el vacío en el que pueden golpearse. Golpe hueco el de
Nicolino. Golpe pleno el de quien erra.
El
vaciamiento que produce es darle entidad y escenario al vacío en el que
pueda darse la representación de la pelea que tiene el contrincante
contra sus propios fantasmas. Una pelea desde el comienzo perdida,
puesto que se intenta golpear realmente a un objeto imaginario.
Golpes que disgregan al propio yo ¡pobre yo!. Pues su sustancia no es
sino ese agrupamiento de imágenes que tiene de sí mismo y ahora tiene
delante de sí. Por eso Locche es un genio, desmorona la construcción
imaginaria del yo de su oponente.
Del mismo modo que el
torero, blandiendo la capa, expone una y otra vez al toro a enfrentarse
con su falta.
ROTO
Pensar es
peligroso porque pone en riesgo la misma arquitectura precaria que lo
sostiene: el pensamiento. Asumir la fractura, lo roto del lazo social
para articular -personajes beckettianos- los deshechos, esos restos de
cultura de los que disponemos. Este pensamiento es deudor de esta lógica
cartonera con la cultura. El cartonear, es su modo de defenderse y de
estar a la ofensiva. Otra vez, Locche.
La lucidez -y
esto lo sabe cualquiera que asume el riesgo de pensar- se padece. Porque
los desfiladeros que llevan a los tesoros que el saber invita, llevan
también al desamparo y a la pobreza que nos iguala ante lo desconocido.
Desprotección absoluta en la máxima exposición del ocultamiento.
Monstruoso. Y lo que se trae de esa experiencia, no son sino los
múltiples fracasos en el intento de dar cuenta de un itinerario que
puentee lo inexplicable del salto. Así, ni demasiado tarde ni demasiado
temprano, concluyo aquí por la confianza en que en lo dicho habrá
siempre más que lo que quise decir.
****
[i]
Study for Bullfight.
Francis Bacon (1969)
[ii]
Las palabras faltan, es cierto, pero también nos faltan
palabras. Juegan la solidaridad de nuestras limitaciones -lo que
podemos pensar- con las del lenguaje. Por ello nuestro
compromiso con la poesía y su capacidad de dinamitación de la
palabra. Todo esto para puntuar algo que sucede en el lenguaje,
más precisamente “en su demorarse”. Ubico allí, el intento de
verbalizar un modo de pensar la muerte que pretende zafarse de
la actividad ontificadora y sustancialista del lenguaje. Por
ello, creo que el término portugués “morar”, en el sentido de
habitar, da cuenta mucho mejor de la muerte -como inquilina de
la vida- en la que estamos pensando.
[iii]
Desgracias acaecidas en el tendido (1816). Goya,
de la serie Tauromaquia. Aguafuerte. 0,25 x 0,36. “Dicen que el
toreo a pie surgió cuando la nobleza, fascinada por los usos y
costumbres versallescos traídos por Felipe V de Borbón
(1700-1746) o bien por cortesía hacia el rey, que consideraba la
fiesta un espectáculo bárbaro y cruel, abandonó las plazas y el
toreo a caballo. Entonces la plebe, aprovechó la oportunidad,
saltó a la arena, se apoderó de la fiesta y creó el toreo a pie.
Era el primer paso de la revolución que, apoyándose en el motín
de Esquilache (1766), alumbraría luego en el siglo XIX (1808,
1836 y 1868)”.
[iv]
Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la plaza de Madrid,
Goya.
[v]
La muerte de Pepe Hillo,
Goya. Fue discípulo de Costillares, dictó la primera
Tauromaquia conocida (1796), donde muestra una sabiduría que
luego no supo aplicar en la plaza.
[vi]
Se oye aquí, al oído atento a la moda filosófica, la
problemática del otro que atraviesa la mayoría de las
discusiones actuales. Quiero pronunciarme brevemente sobre el
Otro que piensa Mónica Cragnolini. En su conceptualización
derrideana de la “cuestión”, homologa rápidamente la figura del
inmigrante europeo de hoy, con los inmigrantes bolivianos en
Argentina. De este modo no alcanza a ver que en nuestro país la
condición de inmigrante no está dada sencillamente por la
extranjería, sino que el propio sistema político económico
produce inmigrantes al interior de la propia sociedad. Los
“beneficios” que promete la modernidad tanto económica como
estatal, no están garantizados ni siquiera para la mayoría de
los argentinos.
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