El fantasma y su laberinto

 

Por Luis Prieto

 

 

“Para la otra vez que lo mate –replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante”

La muerte y La brújula, J.L. Borges

 

 

            ¿Qué nos enseñará esta vez prof. Borges? Desde hace algún tiempo la comunidad analítica ha renunciado a ese “psicologismo” que hacía una aplicación directa del psicoanálisis a la llamada “personalidad” del protagonista (1); preferimos ahora invertir un poco las cosas y ver qué puede aportarnos una obra de arte, el detalle en un cuadro, la escena de una película o un hecho intrascendente en algún cuento. Tal es lo que la enseñanza de Lacan nos ha dejado. Tiene el valor de un estado de apertura: propone “una” lectura, provoca al pensamiento. ¿Qué nos enseñará hoy prof. Borges? Tal vez ¿qué podemos pensar a partir de uno de los cuentos de su legado? Esa ficción suya sobre una muerte y una brújula, que como nuestro título aventura dirá algo sobre la estructura del fantasma. Apresuro una hipótesis: el trabajo de un análisis respecto de eso que llamamos fantasma es lo que “abre” este pequeño policial.

            Anticipemos el final, pues es en el momento de concluir que nos enteramos de la elección de Lönnrot; y nos enteramos de que esa elección lo llevará a una muerte segura. Pero el instante de ver se nos pasó por alto en nuestra sordera. Nuestro detective ante el primer muerto, rechazando la explicación de un robo cualquiera:

Posible pero no interesante –respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón”.

            ¿Qué busca nuestro personaje principal? La simple solución de esa serie de asesinatos, o tal vez ese nombre impronunciable, inarticulable: el tetragrámaton, el inefable Nombre de Dios. Y es que ese nombre secreto contiene la cifra, su historia lo sabe. Al final nos enteramos que quien ha articulado la letra no es otro que el mismo Lönnrot… su propia letra, en tanto que la serie de S2s ha sido el mismo quien se la sugiere a Scharlach, su analistasesino. El fantasma no hace otra cosa que armar “serie”: la serie del hebraísmo y ese nombre temido, la serie de los asesinatos, las simetrías de la quinta, los puntos cardinales de una misma muerte. El analistasesino le ha tendido el señuelo del método góim que cita el cuento (Todos los caminos llevan a Roma) para que su libertad asociativa lo conduzca a la quinta de Triste-le-Roy donde encontrará su destino. El tratamiento que un psicoanalista le da al fantasma es el que nuestro analistasesino -en posición de enseñante- nos indica: ubicar ese punto sobre el cual gira toda la producción fantasmática, ese signo, esa autorreferencia, que se suele condensar en una frase fantasmática. Pues, des-pliega aquello que lo funda, el fundamento que im-plica esa decisión sobre el amor, el odio o la ignorancia del Otro.

            Nuestro Holmes atrapado en su propio laberinto encuentra el punto de enunciación un poco antes que zumbe la bala de su tarde última; pero previamente se hace prometer una nueva circularidad, un nuevo laberinto, otro laberinto más -que oculte igualmente esa elección originaria, que vuelva a cubrir de agudeza intelectual la cobardía de nuestro antihéroe-.

 

NOTAS:

(1) Haremos coincidir en este trabajo –y mejor es declararlo al inicio-: psicologismo (sea el de la novela literaria o psicoanalítica), producción fantasmática y realidad (sin pretender ninguna originalidad). Sólo por aventurar una referencia: (Bioy Casares en la Posdata de 1965, reedición de la Antología de la Literatura Fantástica de Borges, Bioy y Silvina Ocampo). “… Los compiladores de esta antología creíamos que entonces que la novela, en nuestro país y en nuestra época, adolecía de una grave debilidad en la trama, porque los autores habían olvidado lo que proponíamos llamar el propósito primordial de la profesión: contar cuentos… acometimos contra las novelas psicológicas, a las que imputábamos deficiencia de rigor en la construcción: en ellas, alegábamos, el argumento se limita a una suma de episodios, equiparables a adjetivos o láminas, que sirven para definir a los personajes; la invención de tales episodios no reconoce otra norma que el antojo del novelista, ya que psicológicamente todo es posible y aún verosímil”.

 

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