Un rodeo por Germán García. PARTE II

 

TORO: Tenemos el primer número de Literal. Supongo que la conocés. Algo tendrás que ver… En principio, ¿cómo surgió esto?

 

GERMÁN: El tema es así. Yo estaba en Los Libros. Habíamos más o menos aceptado el slogan de Bourdieu de “la autonomía relativa del campo cultural”. Pero eso se va al diablo, y yo me descubro como tercero en una alianza política entre gente que estaba ligada a un sector político y otra que estaba ligada a otro. Yo no estaba ligado a ninguno. Entonces, hicimos una reunión —en esa época estaba Sarlo, Altamirano, Piglia, Schmucler, que fue el que trajo todo esto; había estudiado con Barthes en París— y me fui. Pero yo quería hacer algo. Había conseguido un trabajo en esa época en Walter Thompson, como redactor publicitario. Yo quería hacer una cosa como el diario Crónica, que fuera como un diario sensacionalista pero de cosas absurdas. Lautréamont ha escrito los Cantos de Maldoror… Fabricar y vender noticias, fueran cosas nuevas o viejas, y escapar a la cosa de sintonizar al mercado. Imponer nosotros las cosas. Pero eso implicaba mucha plata, imposible de hacer. Los editores no querían, porque les preocupaba dónde venderlo, y toda la historia. Y al final tranzamos con un tipo amigo, que era escritor también y que tenía una pequeña editorial, tranzamos hacer esta revista, ediciones nuestras. Pero venía el problema de la polarización política, lo que Clausewitz llama “la ascensión de los extremos”. Entonces, me dije, en toda sociedad hay una especie de herradura, y mientras no se rompa esta circulación, estilo de Narváez-Solá —voy para acá, voy para allá— eso garantiza que nunca haya revolución. Ahora, si polarizás y polarizás, llegás a “la ascensión de los extremos”, chocás por los extremos, porque no hay ningún puente posible: es la guerra. Esa es la tesis de Clausewitz sobre la guerra. En la guerra, entonces, tenés dos cosas: tenés la ofensiva, que tiene que ser de una gran velocidad, y la defensiva, que es asimétrica, puede estar toda la vida. Vos dejás vivos cuatro tipos de una tribu; los tipos se reproducen, se enteran lo que pasó antes y terminan reclamando las tierras 500 años después. Es la defensiva, incluso sin saberlo.

 

Entonces, yo me dije: hay que hacer una revista a la defensiva. A mí me gustaban esas teorías, era muy de la época, todos leíamos las tácticas de guerra. Y el slogan defensivo de ese momento es: “no matar la palabra, no dejarse matar por ella”, trabajando un poco en la línea de Leo Strauss de “escribir en  época de persecución”, que hacia fuera se entienda una cosa o nada, y hacia adentro se entienda otra. Cualquiera que estaba en el asunto sabía que “no matar la palabra” era que no nos íbamos a callar, no íbamos a ser orgánicos. “No dejarse matar por ella” quiere decir que no íbamos a ser guerrilleros tampoco. Ni orgánicos ni guerrilleros. ¿Qué vamos a ser? Nada, como el ornitorrinco. Entonces, ahí fue cuando me junté con Lamborghini.

 

TORO: ¿Lo conocías de antes a Lamborghini?

 

GERMÁN: Sí, a Lamborghini lo conocí en el ´68, pero me junté para hacer esto. Yo le había hecho el epílogo de El Fiord, que lo hice con un pseudónimo porque tenía un juicio en ese momento por Nanina y estaba con dos años de prisión en suspenso. Si me enganchaban una segunda tenía que cumplir los dos años por ofensa de la moral pública. Fue en el año ´68. Porque el libro tuvo mucha repercusión y eso llamó la atención. A lo mejor si hubiera sido menos exitoso, no pasaba nada.

Entonces, me junté con Lamborghini, me junté con Luis Gusmán, del cual era muy amigo, nos veíamos todos los días, y con Jorge Quiroga, otro amigo, y después gente amiga que andaba por ahí.

 

TORO: Libertella…

 

GERMÁN: Libertella viene después; Susana Constante, que es una chica que escribió una novela que se llama La creciente, que salió en Tusquets, que murió; Oscar del Barco, que es un filósofo cordobés; Marcelo Guerra, que se suicidó. Lo único que publicó en su vida fue esto que publicamos acá. Libertella, que yo lo conocí cuando publicó El camino de los hiperbóreos. Tenía 20 años  entonces, y él había ganado el Premio Paidós.

 

TORO: ¿Por qué Libertella causó tanta fascinación entre sus contemporáneos?

 

GERMÁN: No causó tanta.

 

TORO: Quizás fue en la generación siguiente, en epígrafes y dedicatorias de libros.

 

GERMÁN: Bueno, como dice el Antiguo Testamento: “hay muchos cuartos en la casa de mi padre”. Libertella dirigió editoriales muchas veces. Estuvo en Venezuela. Tenía muchos contactos en EEUU. Son cosas que tienen su peso. Él era un tipo muy simpático. Nos conocimos y le pregunto qué está escribiendo. Los dos habíamos  publicado un libro. Y Libertella dice: “Bueno, yo no quiero saturar el mercado”.

Eduardo Miños, el marido de Susana Constante, que no era especialmente escritor. Andaba por ahí dando vueltas y escribió algunas cosas. Y después estaba Edgardo Russo, que estuvo en Adriana Hidalgo y ahora dirige El Cuenco de Plata. Tiene un libro que se llama Guerra Conyugal. Era de Santa Fe. Ricardo Ortolá, que escribió 150 páginas de escritura automática. Nosotros le cortábamos pedazos y todo el mundo creía que era de primera. El no escribió nada antes ni después, y también un filósofo español que andaba por acá en ese momento, Eugenio Trías.

Entonces, yo quería hacer esta revista como la revista Scilicet, que ya conocía, la revista que hacía Lacan. Lacan ahí proponía no firmar, y en el último número de cada año poner los nombres pero sin decir a quién correspondía cada cosa. Eso a mí me parecía una buena estrategia porque éramos pocos, y porque yo veía que en Argentina la costumbre era juzgar los textos por la persona. Por ejemplo, si algo era mío, era psicoanalítico, hablara de lo que hablara. Si yo agarraba un pedazo del diario y lo publicaba, era psicoanalítico. Porque en la Argentina hay más sujeto de la enunciación que enunciados. A mí me parecía fenómeno para ver quién adjudicaba qué a quién, y crear un lío con eso. Y además había otra cosa, que es que yo escribía mucho más que el resto, porque Lamborghini no era muy dado a hacer teoría. Y no podía hacer una revista en donde salieran cuatro textos míos. En el primer número, tres o cuatro cosas de las que hay son mías. Entonces, eso me permitía a mí juntar textos diferentes: un texto era más filosófico, otra más panfletario. Después hicimos un texto mezclando cosas de Lamborghini y mías que se llamaba “El matrimonio entre la utopía y el poder”. Mientras hacíamos esto, yo me voy de Walter Thompson y nos vamos todos a trabajar en el gobierno de Cámpora, en la Secretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata. El secretario de cultura en ese momento era Leónidas Lamborghini, y a través de Osvaldo, Lorenzo Quinteros, que también estaba con nosotros, Zelarrayán y yo, nos vamos a trabajar a La Plata. Yo, al poco tiempo que estoy ahí, digo: “aquí no va a quedar ni el loro”, porque me doy cuenta que era una tramoya de Perón para dejarnos craqueados, no a mí en particular, sino a la juventud maravillosa. Era fácil darse cuenta porque estabas ahí y necesitabas dinero para hacer algo y no se podía usar porque el tipo que manejaba la guita seguía siendo del gobierno anterior. Ibas a comer al bar de enfrente y había una banda de pesados y te empezaban a caer carozos de aceituna en la mesa tuya. Decías: “¿pero qué hay que hacer?”. “Pagar rápido e irse”. Nos traían en Torino y no se podía hablar porque los choferes alcahueteaban todo a otra banda. Era una locura; entonces renuncié. Cuando renuncié me dijeron traidor a la Patria, a la causa, que la rueda de la Historia me iba a aplastar, etc. Y al poco tiempo cayó Cámpora, se fueron todos a la puta que lo parió y a partir de ahí, siguieron vivos los que estábamos en Buenos Aires, porque los que vivían en La Plata, no.

Entonces, hacíamos esa revista mientras estábamos en La Plata. Era completamente esquizofrénico, porque una cosa ocurría en Buenos Aires, éramos literatos, y allá ocurría el gobierno nacional y popular. Yo escribí un plan que se llamaba “Plan de reconstrucción cultural”. Lo había copiado de los chinos. Y con ese criterio, íbamos a hacer teatro en los loqueros, etc. Había un cura que quería llevar un coro de niñas vírgenes a las cárceles. Era todo una locura. Entonces, seguimos con eso, y funcionó un tiempo. Era muy difícil con Lamborghini porque el tipo era muy… era muy intrigante: armaba unos quilombos bárbaros. Pero fundamentalmente la revista no pudo salir más porque vino el golpe de estado. Lamborghini en el ´75, tenía unas posiciones políticas que me parecían nefastas, conocía gente que no me gustaba nada, y entonces yo hice el último número explícitamente para que se viera que no estaba Lamborghini. Y, para dar a entender que con los militares no se podía hablar más, en la tapa puse una sentencia latina que decía: Qui de uno dicit, de altero negat (lo que se dice de uno, se niega del otro) Literal 4/5, noviembre 1977. Si querías seguir, había que escribir en latín.

 

TORO: ¿Cuáles eran los interlocutores de Literal y a qué proyecto respondía?

 

GERMÁN: Andaba entre amigos. El proyecto era bastante simple, era crear un espacio que no quedara aplastado por lo que era propuesto imperativamente de un lado y de otro. “Ustedes están acá o están allá”. “No, nosotros estamos donde se nos canta, no estamos ni acá ni allá”. La idea respondía a eso, respondía a este slogan de “la autonomía relativa de…”. El número 1 fue más programático. Este número, por ejemplo, decía en la tapa —imaginate que esto iba a contrapelo de lo que se decía—: “Toda política de felicidad instaura la alienación que intenta superar. Toda propuesta de un objeto para la carencia no hace más que subrayar lo inadecuado de la respuesta a la pregunta que se intenta aplastar. No se trata del hombre, ese espantapájaros creado por el liberalismo humanista en el siglo pasado. Lo que se discute son sus intercambios”. Esto sonaba como chino básico. “¿Estos tarados qué son? ¿De derecha, de izquierda?”. Acá están las firmas: Germán García, Luis Gusmán, Osvaldo Lamborghini, Josefina Ludmer, Julio Ludueña, que era un cineasta, Ricardo Ortolá, Lorenzo Quinteros, Jorge Quiroga, Horacio Romeu, otro que se suicidó, que tenía un libro muy bueno que sacó De la Flor. Se llama A bailar esta ranchera. Y Oscar Steimberg. El editor se llamaba Alberto Alba.

Hay una cosa tan obvia… ¿Cómo uno no tiene en cuenta que no lee el diario que no le gusta? Decís. “¿Vos leés La Nación?”. “No, yo no leo La Nación”. Es común que la gente diga eso. No es mi caso porque a mí me gusta hojear los diarios a propósito, porque yo me he educado a mí mismo en leer lo opuesto. Y por ahí me dice alguien: “¿Qué hacés leyendo la revista Cabildo?”. No podía creer que los de la revista Cabildo siguieran diciendo lo mismo que hace 40 años.

Entonces, preguntabas qué queríamos. Nada, era dejar esto fijo, y funcionó, porque atravesó más cosas que revistas que eran supuestamente más importantes. Y es más claro esto ahora, predictivamente resultó más cierto que muchas predicciones de entonces.

 

TORO: Pero en ese momento, formalmente, era un tanto críptico.

 

GERMÁN: Sí, yo creo que pasaba por eso, pasaba por “es un grupo de loquitos”. No éramos tomados como un grupo que tenía una propuesta política, que le íbamos a hacer algo a alguien. Si no, nos hubieran barrido.

 

TORO: Ese desdibujamiento de límites entre literatura, crítica, poesía, psicoanálisis, ¿de dónde sale eso?

 

GERMÁN: Es un poco mi ideología. La cosa es así: Luis tenía transferencia conmigo y Lamborghini pensaba en publicar sus cosas.

 

TORO: El viejo axioma de Lamborghini: “primero publicar, después escribir”.

 

GERMÁN: Sí. Yo hacía y deshacía, a Lamborghini no le interesaba demasiado. Y creo también que se prestaba el momento, en el sentido de que efectivamente había una disolución de los géneros. Después de Rayuela y con el rescate de Macedonio, ¿qué era qué? Por eso Macedonio está en cada número, porque Macedonio ¿qué es? ¿Metafísica, filosofía, literatura, ensayo? Todo junto.

 

     

 

TORO: Porque lo que vemos es que ni en las publicaciones, ni como espíritu de época, se mantuvo este desdibujamiento. Rápidamente las instituciones empezaron a exigir que vuelvan a territorializar.

 

GERMÁN: Es lo que te decía de la paradoja de la universidad. Por ejemplo, va a pasar algo parecido, quizás, con Internet y con los blogs. Ahí va a pasar algo así, se va a desdibujar todo. Por eso algunos ya se inquietaron. Porque perdés el control. El problema, cuando unos tipos se apropian de la legitimidad del saber, es que dicen “está bien, hacete el loquito, pero no te legitimamos”. Entonces, todo el mundo, y no sólo en Argentina, volvió al siglo XIX. “¿Qué vanguardia ni vanguardia? Hagamos novelas como las novelas de verdad, como las de Balzac o Flaubert”. Entonces el gusto por jugar con la literatura se terminó. Fijate que lo que se impone es escribir bien. Lamborghini surgió de una cosa explícita… Yo digo en el epílogo, que Aira contesta sin decirlo; yo digo: “¿cómo se puede escribir tan mal?”, y pongo “mal” con mayúscula, que podés tomarlo como el mal moral. Pero nosotros nos burlábamos del escribir bien como una cosa escolar. Todos queríamos tener, obviamente, destreza con el lenguaje, pero no queríamos escribir bien en el sentido de “mirá qué frase elegante que hice” o “mirá qué equilibrio frástico increíble”.

 

TORO: Una cosa es poder participar de una ética formal y otra cosa es ser bueno cumpliendo las reglas del género.

 

GERMÁN: Claro. Yo, personalmente, he leído siempre narradores más que novelistas en el sentido clásico. A mí Céline me parece un gran narrador, pero Céline no es un gran novelista si decís ”esta novela, veamos cómo está estructurada”. Es un tipo que sostiene narrando, frase a frase. Henry Miller es otro que sostiene así. Yo me crié con ese tipo de literatura, por un lado. Además, a mí me gusta mucho la filosofía, pero me gusta casi de manera humorística. Nietzsche dice: “creemos en Dios porque creemos en la gramática”, y es una frase muy divertida. Pero me parecía divertida porque es portadora de un cierto escándalo. Por eso es necesario confrontar las cosas con el discurso común, porque en sí mismas no son nada. Eso es interesante cuando se lo escuchás a alguien y eso te suena como una locura: ¿cómo “creemos en Dios porque creemos en  la gramática”?

Hay un libro que a mí me parecía genial en la adolescencia que es La libertad Primera y Última de Krishnamurti. A mí me gustaban esos libros que rompían la noción de causalidad. Y ahora, con Lacan, entiendo de qué iba la cosa, porque lo que llamamos la neurosis son causalidades ficticias: “porque mi madre no me quería resulta que yo soy un cretino”. No, sos un cretino veremos por qué tipo de goce.

 

TOLDO: ¿Qué entenderíamos por flexión literal?

 

GERMÁN: Yo creo que la metáfora de la flexión está tomada del campo gramatical, de la noción gramatical de flexión. Me parece, porque es algo que elaboramos hablando. Y nosotros queríamos utilizarla como lo que hoy diríamos “acontecimiento”, “irrupción”. De ruptura del saber establecido. Entonces, es decir no que te aislás, te separás, sino que es una flexión dentro de una cadena en marcha. Y si tomás el discurso social como un discurso en marcha, ¿cómo lográs ahí una desconexión-conexión? Está pensado como en hiatos.  

 

TORO: Como ciertas torsiones.

 

GERMÁN: Exacto. Una dialéctica, una cosa así. No se podía decir “dialéctica”, entonces “flexión”. Había cosas que nosotros descubríamos. A mí me interesaba, frente a la literatura grande, el gran canon, empezar a batir el parche con lo que yo llamaba, traduciendo la palabra “diáspora”, “la literatura de la dispersión”. Por ahí aparece dicho eso. Entonces, metía bajo la literatura de la dispersión a los autores que consideraba que eran buenos, aunque fueran de casualidad buenos, y que no entraban dentro del canon, por ejemplo, José Agustín de Méjico, que acá ni siquiera lo conocen. Agustín tiene un  montón de libros. Tenía un libro que se llama De perfil, que escribió a los 20 años, que era buenísimo. Entonces, le quería dar manija y escribí sobre él. Después, Reinaldo Arenas, de Cuba, con el libro El mundo alucinante. Buscábamos ese tipo de literatura. 

 

TORO: ¿Cómo impactaba esto dentro del mundo intelectual de esa época?

 

GERMÁN: Era una cosa bastante propiciatoria, porque la gente se atrevía a eso. Y es por eso que lo comparo con los blogs de ahora. Porque la gente se atrevía a escribir algo muy delirante. Lo que nadie se podía creer era que hubiera una novela de 500 páginas, como las de Vargas Llosa, Conversación en la catedral, ese tipo de cosas. Pero tampoco podías hacer Rayuela: con pedacitos simular una novela gigante. Entonces nosotros dijimos: “bueno, hagamos de los residuos mismos unidades de valor”.

Este tipo de cosas no las podés canonizar, porque la velocidad que hay lleva a que las cosas se estatizan muy rápido. ¿Cómo rompés eso? Por eso estamos hablando de una “flexión literal”. Por ejemplo, se pone de onda hacer un tipo de literatura, al tercero que la hizo, ya está. Entonces, uno tiene que hacer una literatura que sepa romperse a sí misma, no que se encariñe con algún tipo de formalidad instituida. Y respecto de Osvaldo Lamborghini, el tipo iba para narrador, como se dice, pero toda esa cosa con el hermano… Es un gran poeta el hermano. Y el tipo se forzaba a escribir poesía, pero el gran invento de él fue esa cosa rara que armó. Por ejemplo Sebregondi retrocede: eso no es poesía, ni relato, ni nada. Uno no puede decir que es un cuento exactamente, ni una nouvelle. El fiord es un sistema de resonancia raro: “sobre el atigrado colchón”. Está todo ahí. 

 

TORO: ¿Y de quiénes se reconoce heredera y padre la flexión literal?

 

GERMÁN: Yo no sé. Ahí la cosa es muy diferente, porque Lamborghini era un tipo, como se puede leer en el libro que salió ahora, que junto con el hermano quería hacer una cosa que era la proyección universal de cosas muy locales, por ejemplo, el género de la gauchesca. Lo que hizo de manera paródica Estanislao del Campo, hacerlo de otra manera. Por ejemplo en Odiseo confinado de Leónidas: tomar una figura como la de Odiseo y convertirlo en un preso peronista. Esa era una operación que era muy de Lamborghini. Nosotros no teníamos algo así. Me parece que lo bueno de Literal es que no había una estética común. Por ejemplo, cuando hice Cancha Rayada, Lamborghini  andaba con Sebregondi retrocede. Lamborghini estaba totalmente piantado, y no sabía qué hacer. Yo me lo aguanté un montón de años.  Quintín, ese que escribe en Perfil, dice: “el otro Salieri, Germán García”, como si yo fuera el Salieri de Lamborghini. Es un tonto: yo me lo aguanté siete años a Lamborghini. Era un tipo absolutamente imposible. Yo lo tenía un día en mi casa, sentado, llorando, diciendo que no quería salir de ahí, que estaba aterrorizado, porque si salía, iba a matar a alguien. Era así. Nunca tenía un mango; había que darle guita. Al tipo le gustaba armar quilombo. Vos te hacías amigo de él y lo primero que quería era meterse con tu mujer, cosa que hizo con muchas personas. Mi mujer no podía ser porque lo detestaba. Era así el tipo. Entonces, era bastante insoportable. Pero nosotros nos juntábamos en función de la literatura. No nos metíamos con la vida del otro. Lamborghini no aguantaba este régimen mío. Un día se va con Paula, una psicoanalista lacaniana que había estudiado en París, a la cual yo lo había mandado de paciente, y la otra, neurótica, lo metió en la cama y se quedó viviendo con ella. A la tercera sesión Lamborghini le dijo “Vení, ricurita”, y se quedó a vivir ahí. (Carcajadas). Por ejemplo, viene Lamborghini una noche con Paula, diciendo que no tenía que publicar Cancha rayada, que ese libro no sirve, que no está a la altura de él. Y yo, que siempre hice lo que se me cantaba en ese punto, le digo: “y a vos, ¿qué carajo te importa lo que yo publico? Yo pongo mi nombre, no pongo el tuyo”. Entonces Lamborghini empezó a hacer una guerra, quería con Zelarayán hacer una alianza para quedarse con la revista. Zelarayán le dice: “pero si la revista la inventó Germán, y la hace él”. Yo había inventado el nombre, el formato, la relación con el editor: todo. Al final se calmó. Eso duró hasta el ´75, pero  ya estaba un poco alejado, ya me había cansado de él, porque del ´68 hasta el ´75 fueron 7 años.

 

TORO: Pero más allá de todo esto de Lamborghini, había algo que te seducía también…

 

GERMÁN: Primero, lo admiraba como escritor. Me parecía un escritor extraordinario. Después que era un tipo muy simpático cuando no estaba así. Era un tipo con muchos problemas personales. Hay muchos tipos de locos. Hay locos que son simpatiquísimos siempre y hay locos que tienen momentos insoportables.  Por ahí desaparecía, se metía con algunos “chongos”, como dicen los españoles, lo cagaban a trompadas y volvía todo roto como un gato. Tenía ese tipo de cosas.

Pero vuelvo a lo propiciatorio. Yo propiciaba muchas cosas, que aparecieran por fuera de lo que ya estaba instalado. Y El fiord no había manera de publicarlo, no había nadie que lo quisiera. Entonces, había un editor de libros de humor, que era Carlos Marcucci, que sacaba la colección “Los humoristas”, y lo convencí de que lo financiara. Y le pusimos “Ediciones Chinatown”, un nombre que inventó Lamborghini. Le pusimos eso, y como era demasiado breve, le hice un epílogo largísimo, para darle más cuerpo al libro. Yo estuve atrás también, junto con Luis Gusmán, de Sebregondi retrocede. Después, Fogwill le publicó Poemas. Eso fue todo lo que publicó en vida. Y no era solamente porque la obra era muy guasa; tenía que ver con el tipo más que con la obra. Era un tipo al que la gente más bien lo atajaba. Incapaz de mantener una relación cordial.

 

 

TORO: Entonces El fiord es su carta de presentación al mundo literario.

 

GERMÁN: Sí, y era un desesperado por la gloria, de esos que creen…

 

TORO: “Primero publicar, después escribir”. Siempre había pensado que había algo de irónico en esa frase. Ahora la tomo más literal.

 

GERMÁN: Se gastaba la plata en fotocopias… A mí, cuando me publican Nanina, me manda una carta Cortázar, que dice: “Estimado cronopio, voy a sacar una nota en Le Monde…”. Una cosa simpática. “¿Y éste por qué me dice cronopio?”. No le contesté. Era un loco. Al tema de la fama no le daba absolutamente pelota. Quizás porque tuve la suerte de sacar un libro y vender, entonces no le daba bola al tema. Pero Lamborghini se gastaba toda la guita en fotocopias. Le mandaba hasta a Sarduy. Después se hicieron amigos de Pezzoni, pero se hicieron amigos de Pezzoni porque Pezzoni tenía poder. Era un desesperado. Y eso lo había aprendido de Puig. Manuel Puig sabía la fecha de cumpleaños del último desgraciado que hacía reseñas en un diario. Lo llamaba y le decía: “¿cómo te va Alberto no sé cuánto? Así que cumplís 47…”. Y el otro le decía: “¡Qué memoria que tenés!”.

Sobre Lamborghini se empezó a hacer el cuento de que era un escritor marginal. Al argentino le gusta eso, decir que Discépolo era un marginal. Pero Discépolo comía con Eva Perón. ¿Cómo un marginal va a ser amigo de la primera dama del país? Muere Borges, y dicen: “ese escritor marginal, abandonado en Ginebra”.

Relativizo mucho a la Argentina… Si a mí me querés correr con la UBA, digo ¿la UBA qué? No tengo eso. Me dicen: “Tal, que dirige la cátedra de filología”, y digo: “¿Después de Raimundo Lida  hay filología en la Argentina?”. Yo, porque tengo un acceso a la cultura muy dinámico, muy rápido y muy directo, me interesa un tema, voy, busco la información, la ordeno, me pongo a estudiarlo, y al año sé lo que es. Entonces, no tengo sofisticaciones: El tipo, que con tres años de francés de La Alianza, dice “no se puede leer a Rimbaud en castellano”, tendría que demostrar que su lectura, que también es castellana porque se traduce a sí mismo, es mejor, y que él sabe más francés que el tipo que tradujo a Rimbaud. Si no, el Rimbaud que él está leyendo es inferior al que estoy leyendo. Entonces, no caí en esa trampa. Pavoneo provinciano. “Mansilla era amigo de Baudelaire”. ¿Y qué ?  Yo puedo ser amigo de Gardel: ¿eso me hace cantor a mí? Ese tipo de boludeces son muy argentinas. Decían: “la correspondencia entre William James y Macedonio”. Yo, que a Macedonio lo quiero como si fuera de mi familia, nunca creí que existiera, y no existe. Porque los James eran una familia aristocrática, refinada, y por tanto, súper educada. Entonces, Macedonio le manda una supuesta investigación, que era una paradoja de la percepción, y James, le mandó dos líneas: “Debería contar mejor su investigación, pero debe continuar…”. Macedonio —cómo sería la emoción del pobre— la había plastificado o algo equivalente que había en la época, y la llevaba en el bolsillo. La llevó toda la vida. Ahí empezó el mito. Porque a mí Macedonio me gusta, le haya escrito a William James o no le haya escrito, y Macedonio me gustaría aunque William James le hubiera dicho “usted es un viejo loco sudamericano”, y Macedonio le hubiera contestado “y vos me chupás un huevo”. No hubiera importado. Entonces, digo que no hay tal correspondencia. Nadie me cree. Pero nadie la pudo encontrar nunca. Ahora, ¿por qué hay que inventar esas tonterías? Te digo la verdad: me parece una tontería demencial.

 

 

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