Un rodeo por Germán García. PARTE I

 

TORO: En principio, para situar un poco la cuestión de los ´70 acá, nos interesaba ver si podías reponer qué del pensamiento lacaniano fue lo que llegó en primera instancia, en los años ´70, y cuáles fueron los problemas del campo intelectual que convocaron ese pensamiento.

 

GERMÁN: A veces las cosas ocurren por una persona. Por una sola persona el psicoanálisis se volvió francés: Lacan. No te das cuenta que eso es así. Los franceses no tenían interés en Freud, porque había una cuestión de rivalidad histórica con Alemania que venía ya de cuando Freud le sustrae la histeria a Charcot, la convierte en otra cosa y se la devuelve transformada en algo ante lo cual los franceses no se pueden reconocer. Y, por esta rivalidad, los tipos, hasta Politzer, hacen una psicología cuya función es frenar al psicoanálisis. El otro día vi en canal Encuentro un reportaje que le hace Badiou cuando era joven a Foucault. No lo reconocés a Badiou: un tipo delgadito. No tiene nada que ver con el que ves ahora. Entonces, Foucault, que tenía una cabeza tan bien armada, dice: “la psicología surgió de la filosofía”. En el siglo XVIII, XIX, la filosofía se transforma en psicología, pero quedaba por debajo del saber filosófico, hasta que Freud introduce la idea de inconciente, que reordena los saberes. Y, al final, Foucault termina diciendo que si él tuviera que ponerse máscaras, si tuviera que avanzar enmascarado, se pondría primero la máscara del psicólogo, después la máscara del psicoanalista, pero terminaría con la máscara que le gusta, que es la del filósofo. Muy lindo el reportaje: año ´65, los dos jovencísimos.

Entonces, yo creo que las cosas ocurren por una persona, que alguien enciende la chispa. Y la entrada de Lacan fue una especie de problema personal de Masotta. Yo soy acusado de exagerar la importancia de la nota 14 de un texto de Masotta del año ´59, que es una nota de dos páginas, donde él hace un resumen de lo que sabía de Lacan y del problema político con los “anglosajones”. O sea que sabía lo que había que saber, no sabía Lacan. Pero yo eso lo exageraba por una razón bien calculada. Yo conozco bastante teoría de la traducción. Sería incapaz de traducir, porque no tengo paciencia ni me gusta. Me habitué a eso cuando estuve en España, Barcelona, porque ahí era bilingüe. Y hay un tema que está muy bien planteado por Patricia Willson en un libro que editó Siglo XXI y que se llama La constelación del Sur, donde toma como ejemplos de traducción dos tipos: la traducción vanguardista de Borges, la que llama “clásica” de Bianco, y la “romántica” de Victoria Ocampo. Con eso hace una pequeña matriz. Pero lo que me interesa es que ella plantea que los dos polos de la estrategia de traducción son exotizar o aclimatar. Por ejemplo, en la traducción de Faulkner, Borges evita palabras como “llanura” y aclimata los paisajes para que no sean un obstáculo, porque si decís que el tipo venía por la llanura, ¿de qué estás hablando? En cambio, si decís que venía por un desierto, por un camino desolado, no distraés. Es la famosa frase de Borges de que en el Corán no hay camellos. Entonces, esto es una estrategia: aclimatás. La otra es al revés: exotizás, exagerás la distancia. Sería poner lo que es más inasimilable. Esto sigue, para mí, en lo que plantea la retórica cuando habla de  una lengua cero o un estado de lengua que alterás de alguna manera, introduciendo un desvío. Ese trabajo también se hace con la importación de teoría, cosa que en la Argentina no se ha pensado porque es una importación salvaje. Yo decía que habría que aprovechar ahora que el libro es tan caro, contratar gente que traduce y hacer talleres, todos con computadora...

 

TORO: Hacer una fábrica.

 

GERMÁN: Y hacemos una fábrica para sustitución de importaciones. Sale un libro en francés, te lo damos y enseguida hacés un mini libro argentino con ése. Habría que hacerlo durante un tiempo. Porque es muy loco lo que ocurre. Por ejemplo, el lacanismo no sabe hablar. Dice: “hacer síntoma”; “a mí tal cosa me hace síntoma“. Hablan pegado al francés.

Este tema de llegada de cosas, Masotta ya lo advierte cuando recién empieza. Lo voy a leer porque está muy bien. Viene hablando de las dificultades y dice: “habría que explicitar los temas postulados, la tradición que pesa sobre la intertextualidad si quisiéramos desembarazarnos de un jergueo atractivo por amenazante, pero que por lo mismo puede adoptar cualquiera y cumplir una función ideológica bastante inmediata”(1969). Ésta es la operación de exotizar: utilizás una jerga amenazante. Vos desconocés la différance de Derrida; es evidente que no sabés nada del phármakon de Platón. El que está hablando tampoco sabe nada, no le hace falta. Es decir, un argumento que surge en lengua francesa, en París, llega como consigna a Buenos Aires. Entonces, se crea un campo de consigna absolutamente inexplicable, porque repetir, se puede repetir cualquier cosa. Yo te puedo repetir la fórmula einsteniana, pero explicártela es otra historia. Esto pasa mucho en Lacan: ése es un problema.

Masotta, ¿qué tiene? Era divertido porque era un tipo que venía de la filosofía y de buena lectura. El tipo empieza por ser claro. Yo estudié con él muchos años y nos hizo leer Freud “de pe a pa”. Y cuando leés Freud ganás mucho, porque incluso ganás mucho frente a la propia exotización que arma Lacan. De pronto, una cosa que parece inexplicable en Lacan no es más que una traducción y una complicación inútil de algo que es muy claro en Freud. O sea, no siempre es una transformación que conviene. No todas las transformaciones que Lacan hace de Freud convienen al psicoanálisis. Ahora, Masotta no es un psicoanalista. Masotta era un tipo que, como se dice en la administración pública, esperaba destino. O mejor dicho, no lo esperaba, lo buscaba. Era un tipo inquieto, que estaba metido con la semiología, con el arte pop, con la filosofía, y muy afrancesado. Pero también ya había advertido extrañamente que Lacan no tenía nada que ver con el estructuralismo, cosa que no se advertía. Lacan, cuando Siglo XXI sacó la mitad de los Escritos como Lectura estructuralista de Freud, les quería hacer retirar de la calle esa cosa. Lacan se dejaba decir “estructuralista” porque iba en esa camioneta, pero Lacan no era estructuralista, porque, como bien dice Lévi-Strauss, sacaba al sujeto por un lado y lo metía por el otro. ¿Qué estructuralista va a poner al sujeto ahí? Justamente el estructuralismo es acéfalo, no pone ningún sujeto.

Ahora, ¿cuál es el momento que estaba pasando la Argentina? Hay que pensar eso, que la cultura que venía de la lengua inglesa, simplemente por venir de lengua inglesa, se asociaba con el imperialismo. Había una fuerte impronta antinorteamericana. Como pasa siempre, el rechazo y la fascinación, porque a su vez estaba toda la introducción de la cultura norteamericana a partir del rock, más adelante, el arte pop, los hippies. Yo hoy podría pensar que los hippies, el pop, todo eso era lo despolitizado, la tontería juvenil, y que el antinorteamericanismo ilustrado era lo serio. Pero era parte de la misma expresión. Masotta participaba de las dos cosas, porque era un tipo que se va a Nueva York por el tema del arte, pero a la vez tiene una fuerte impronta en lectura francesa: toda la colección que tenía en su casa de Tiempos Modernos y todo ese tipo de cosas. Entonces, en ese momento se producen varias cosas. Eudeba había difundido cultura francesa arrasante, en los quioscos. El primer libro de Foucault era de Eudeba y se vendía en los quioscos. Yo lo tengo todavía. Hablo del año ´60. Eudeba había difundido esto. Viene un golpe, el de Onganía, en el ´66, y Orfila Reynal, que hacía Eudeba, se va a Fondo de Cultura, se pelea con Fondo de Cultura, y hace la editorial Siglo XXI. Todo el mundo puso dinero, simbólicamente, para la fundación de la editorial. Orfila Reynal murió hace poco. Estaba casado con una francesa y por eso tenía la obra de Lacan, porque la mujer era amiga de Lacan o alguna relación tenía con él. Fijate que no todo Lacan se edita en Argentina, primero se edita en Méjico, como el estructuralismo: Lévi-Strauss, Lacan, etc. Siglo XXI me editó a mí la primera edición de mi libro de Macedonio, y el viejo Orfila lo hojeó y lo editó porque gente amiga lo recomendó, pero dijo: “antes que publicar cosas argentinas, publiquemos a franceses que por lo menos se venden”. Una definición de lo que es la cultura teórica.

 

TORO: ¿Así que la recepción que pudo mediar Masotta fue aclimatada más que exótica?

 

GERMÁN: Claro. A Masotta lo tenés que tejer con dos agujas, como corresponde a quien sabe tejer: con una sola aguja no se teje nada. Masotta hace las dos cosas, porque hace una enseñanza, como diría Leo Strauss, exotérica, hacia fuera, y una cosa muy de explicación hacia adentro. Por eso llega a tener 400 alumnos: porque histeriza a todo el mundo con un discurso incomprensible, el gongorismo, esto, lo otro, la letra, el objeto causa, la pulsión escópica. Y la gente decía: “y todo eso ¿qué es?”. “¿Querés saber qué es? Andá a los cursos de Masotta”. Porque en la Argentina siempre pasó, menos en la Dictadura. Pero es curioso eso de recuperar cierto dominio sobre la legitimidad del saber, la Universidad lo pudo hacer porque la Dictadura excluyó toda la vida cultural pública. La Universidad recibía después las noticias, no antes. Cuando la Universidad se enteraba que Lacan existía, ya hacía 20 años que se fumaba por la calle. Pasaba con todo, con la lingüística, con la comunicación, con todas las cosas que estaban de onda. Surgían por un tipo. Eliseo Verón fue y estudió con Lévi-Strauss, volvió, le hicieron un reportaje en la revista Primera Plana y empezaron a armar ellos mismos una institución donde enseñaban semiótica, etc. Era así. Cuando todo eso empezaba a tener peso, a alguien se le ocurría hacer una cátedra.

 

 

A su vez, todo eso se afrancesa, por el lado de que hay un cierto rechazo de lo norteamericano. Y lo francés empieza a ser lo revolucionario, porque lo que hizo que la izquierda argentina lo aceptara a Lacan fue un articulito de Althusser que se llamaba “Freud y Lacan”. Eso los obligó a decir “bueno, si Althusser lo dice, está bien”. Te dejaban vivir. Pero con Masotta no negociaron. Ellos hicieron el Centro de Docencia e Investigación (C.D.I.), freudo-marxismo... Pero era una cosa de ocasión, porque el único tipo que fue del grupo de Wilhelm Reich, y que publicaba en una revista famosa que se llamaba Bajo las banderas del marxismo que hacían en Alemania, se llamaba Béla Székely, que murió acá. No lo dejaron entrar a la IPA en Argentina porque el tipo no era médico, era psicólogo, a pesar de que él le traducía textos en alemán a los psicoanalistas de acá que no sabían alemán. Y estos, que hablaban en nombre del freudo-marxismo, no conocían eso, no conocían que la expresión “freudo-marxismo” era un insulto soviético a Reich. Cuando Reich va a Rusia, como los rusos estaban en contra de Freud, un burócrata dice: “les presento al Dr. Wilhelm Reich, freudo-marxista”. Y el otro lo para y dice: “un momentito, yo soy marxista como usted; ¿a usted lo llaman reflexólogo-marxista?” Era una chicana.

Lacan tomó gente del Mayo del 68 y le dijo “se acabó el chiste, yo los analizo” y sacó una generación de analistas. Marie Langer estaba, cuando yo la conocí, en un bar mugriento que todavía está, pero ya no es como era… “El Ramos” se llama. Era la borrachería. Nosotros tomábamos café, pero también paraban los borrachos de la generación anterior, que estaban totalmente pasados de vueltas. Entonces, la Marie Langer estaba ahí y dice: “es muy lindo esto de tener mucha calle”. Hablaba con un tono raro. Entonces, esa gente ahí perdió el estribo. Un sector se hizo freudo-marxista, entraron en contradicción con nosotros, que éramos lacanianos…

Yo critiqué a León Rozitchner, porque me encantaba hacer polémicas. Sacó un libro que se llamaba Freud y los límites del individualismo burgués. Y así estaban las cosas. Entonces digamos que el lacanismo, o Masotta, o la banda esta, tuvo una astucia. Cuando Masotta se pone a hacer la Escuela, año ´74, ya andaban los Falcon levantando gente, y Masotta dice: “vamos a construir un refugio, un lugar para sobrevivir a la intemperie que se viene”. Entonces, uno de los nuestros dice que hay que poner en el estatuto un punto que diga nuestro compromiso con la Revolución. Masotta responde: “Si estamos comprometidos con esto, no nos conviene decirlo porque somos pocos y no estamos armados, y si no estamos comprometidos, para qué lo vamos a decir; así que no pongamos nada”. Esta astucia de Masotta fue muy interesante porque nos salvó a todos. Cuando llega el momento, los otros estaban diciendo que los loqueros no eran lugar de internación de gente sino lugares revolucionarios sofocados, declaraban que donde se acueste un pequeño burgués para analizarse se levante un guerrillero, y esas cosas… Era hablar por hablar. No tenía ninguna prudencia política lo que decían. Entonces,  creo que eso hizo que el sector lacaniano sobreviviera y sirviera de refugio a mucha gente. Después, se lo acusó de eso. Y  siempre he dicho lo mismo, que vi mucha gente afeitarse el bigote mejicano, que usaban todos los que eran JP en aquella época, y comprarse los Escritos. ¿Y qué le vamos a hacer? ¿Los vas a denunciar? Mucha gente se refugió en el lacanismo. ¿Qué tiene de malo? Masotta se fue, en el año ´74 se fue. Entonces, digamos que no está descrito todo eso.

A mí me gusta el libro sobre Lamborghini de Strafacce, porque ve esa zona gris, de ambigüedades, equívocos, malentendidos. No es una cosa tan simple. Hay una complejidad en la cosa. No es que todos éramos JP inocentes engañados por Perón. Mis amigos decían: “Perón es un viejo pelotudo, pero una vez que lo tengamos acá…”. No tenían ninguna buena intención respecto de Perón, tenían la intención más parricida del mundo. Lo que pasa es que estaban jugando con fuego porque el otro viejo conocía un poco este país. Cuando vino Isabelita nadie quería acercarse y los muchachos jóvenes la acompañaban hasta Rosario, pero Perón no podía ver eso como una adhesión a él. Tal vez como una hipérbole, una cosa hiperbólica: ellos hacen eso porque están en contra. Ni Perón la quiere acompañar. Entonces, no vas a derrotar tan fácil a un viejo que conocía a este país desde los años ´30.

 

TORO: ¿Y la Dictadura cómo afectó al devenir del pensamiento lacaniano?

 

GERMÁN: Para mí lo enterró en una especie de locura, donde cada uno se quedó en su mundo cerrado, siempre con algún jefe que podía terminar de conocer a Lacan. Yo me quedé hasta finales del ´79, y traté de abrir la cosa. Invité a uno que era matemático, telqueliano, psicoanalista: Daniel Sibony. El tipo fue un boom porque acá no se movía una mosca. Cada uno estaba en su lugar, con su grupito, si podía mantenerlo. Nosotros teníamos una escuelita. Había un montón de adherentes, cortamos el hilo, y dijimos chau, sacamos a los adherentes porque no sabíamos ni quiénes eran ni de dónde venían, y quedamos ahí encerrados. Vino Sibony y salió en todos los diarios. Pero todo bien para Sibony, no para mí, porque había un sistema de asustarte con llamadas. Yo me empecé a cansar y dije “me las tomo”. Yo había ido a verlo a Lacan en el ´76…

 

TORO: ¿Cómo fue tu encuentro con Lacan?

 

GERMÁN: Yo lo escribí por ahí. Me hizo unas preguntas sobre la Argentina, se las respondí. Entonces, me fui a Italia, donde había un congreso, y en Italia conocí a Sibony, que era  muy simpático. Tenía la ventaja de que hablaba español y no tenía que gastar en traducciones. Entonces lo invité y vino. Paró en el Bauen. Y armé eso, pero no se podía, porque sentía una cosa rara. Si algo se movía, te asustaban, te hacían llegar un mensaje.

 

TORO: Iban apareciendo los límites.

 

GERMÁN: Sí, aparecían enseguida. Y era peligroso que te obligasen a blanquearte hacia la derecha o que te empujasen a otra posición, donde te podían romper la cabeza fácilmente. Era muy difícil sostenerse en esa zona. Entonces me fui, y cuando conocí a Miller y al resto, le dije a la gente de acá: “hay que abrir esto, hay que internacionalizarlo, hay que abrirlo de alguna manera, hacer contactos afuera”. Pero mis amigos de escuela argentina, un poco envidiosos, me parece, me dijeron que me creía Masotta porque mandaba órdenes desde Barcelona. Miller me dijo, irónicamente: “está muy bien porque ahora tiene las manos libres, puede hacer lo que quiera”. Y prácticamente hice lo que quise. Me quedé ahí, armamos la Escuela en Barcelona, después volví, hice la Biblioteca Internacional de Psicoanálisis, armé la Fundación Descartes, y ahora estoy al frente del Instituto Oscar Masotta, que funciona en todo el país.

 

TORO: ¿Cuál era la relación entre las vanguardias culturales y las vanguardias políticas?

 

GERMÁN: Yo ahora estoy escribiendo un libro que se llama El psicoanálisis entre las vanguardias, que no sé cuándo voy a terminar porque no tengo tiempo. Pero estudio este tema: “las vanguardias culturales y la vanguardia política” como un malentendido. La vanguardia política no es vanguardista desde el punto de vista cultural, y no puede serlo. No puede serlo porque una revolución es, como dice Lacan, volver a un punto cero de las cosas. Entonces, una revolución empieza por decir: “la suma del poder viene a manos del Estado, y no se mueve ninguna otra cosa”. No es una revolución para decir: “ahora que ya hicimos la revolución, dejamos los fusiles, nos duchamos y nos vamos a bailar”. No existe eso. No es para vivir mejor la revolución. Y siempre que se dan revoluciones son así. Hay que darse cuenta de eso, porque si no, sos siempre la novia de barrio engañada: “yo me entregué porque él dijo que se iba a casar”. Hicimos la Revolución en Rusia y resulta que los fusilaron. ¿Y en Francia qué pasó? Lo mismo. En Cuba, ¿por qué iba a pasar otra cosa? ¿Eso qué es? ¿Una ley de la Historia? No sé, pero, como dice Koselleck, si la Historia no tiene ninguna estructura, no nos ocupemos de nada, y si no, veamos cuáles son los elementos repetitivos que aparecen en la Historia. Y hay elementos que son repetitivos en la Historia. Por ejemplo, antes de una revolución, viene uno y dice: “a mí, por enano, me discriminan”. “¡Qué increíble! Venga con nosotros. Usted, por ser enano, es revolucionario”. “Y yo soy discriminado porque soy psicótico”. “Otro revolucionario más.” “Y a mí por travesti…”. Y vas juntando, como una obra de Goya, todo lo que encontrás. Ya en el poder fusilas al enano, al travesti, etc., porque ahora eso es impresentable, sólo servía para empujar”. Eso no quiere decir que las condiciones sociales no mejoraron. Pero quiere decir que nunca el que hace una cosa se retira después.

 

TOPO: Cuando te vas a Barcelona, ¿lo pensás como una exportación del pensamiento local, para formar analistas, para formar gente?

 

GERMÁN: Nosotros hicimos de primos. Porque hay un tema en España, que es que los españoles ven un francés y ven El 2 de mayo, el cuadro de Goya. Yo en una revista que saqué allá lo puse en la tapa para provocar. Son los franceses fusilando a españoles. Un cuadro extraordinario. Entonces, para los tipos era más fácil recibir de los primos argentinos el pensamiento francés que a los franceses directamente. Entonces, nosotros tercerizábamos. No confundamos las cosas: comprar armas en un lugar y venderlas en otro no quiere decir ser un fabricante de armas. Nosotros tercerizamos Lacan. Un rato. Cuando empezó a entrar España en el mercado europeo, paulatinamente se dinamizaron los lazos entre España y Francia. Los más afrancesados son los catalanes porque la lengua catalana es una lengua puente entre el francés del sur de Francia y el castellano. Son los más ligados a la cultura francesa. O sea que cuando yo hago mi alianza con Miller, no la hago por amor a la patria, ni a la de él ni a la mía, sino porque es una carta, una cuestión de política. O me aliaba o me quedaba a un costado mirando cómo los otros armaban todo eso. Nosotros tercerizamos, compramos y vendemos. Eso muestra que el pensamiento argentino es tan versátil que a veces parece escrito por Lacan.

Yo no creo que se exporte nada. A los argentinos nos gusta decir, por ejemplo, que exportamos Melanie Klein a Francia. ¿Pero qué patriada es ésa? No es Jauretche. No exportaron nada, simplemente es que los otros no querían traducir del inglés. Yo los admiro muchísimo a los franceses como políticos culturales, son unos genios. Los tipos no compran. Por ejemplo, vas a un congreso y alguien dice: “¿dónde se habrá traducido por primera vez la obra de Freud?”. Sale la manito argentina: “yo, señorita, yo”, y un español dice “en Granada, en 1894 se tradujeron los Estudios sobre la histeria, 5 años después de que se publicaran en…”. Y el francés dice: “y aún nosotros no tenemos las obras completas de Freud…” “nosotros leemos a Freud y lo hacemos francés. Leemos a Heidegger y primero escribimos El ser y la nada, después lo traducimos”. A Heidegger lo tradujeron en el ´72 y lo venían usando desde el ´40. Entonces, para volver al comienzo, hacen lo opuesto a lo que hacemos nosotros.

 

TORO: ¿Cuál fue la operación política de Masotta?

 

GERMÁN: Masotta invita a Maud y Octave Mannoni, operación legitimidad. Según Masotta, invitó a Lacan y Lacan le mandó a los Mannoni. Según los franceses, Masotta no se animó a invitar a Lacan. Como no tenemos documentos, dejémoslo ahí. Pero los que vinieron fueron los Mannoni. Eso le permitió a Masotta invitar a analistas de la APA, APdeBA, de todos los grupos que si no, le hubieran dicho “tomatelá”. O sea, fue una operación de legitimidad. Y sacó un número de la revista Cuadernos Sigmund Freud con todo el material de los Mannoni, que se llamaba “El estallido de las instituciones”. O sea que lo que estaba haciendo allí era ya una operación. Aquí, en los años ´40, Garma, como había tenido un problema con los psiquiatras de España, había instaurado en Buenos Aires el modelo norteamericano de sociedad analítica, que obligaba a la condición de médico. Los psicoanalistas eran médicos, pero enseñaban en la Facultad de Psicología. El psicólogo empezaba a ver al médico, el doctor psicoanalista. Entonces se dedicaron a tener de subordinados a los psicólogos durante dos generaciones. Porque al psicólogo se lo educaba en los términos del psicoanálisis pero no se le permitía la práctica. Solamente podía ser una especie de terapeuta, siempre y cuando fuera controlado por un doctor psicoanalista. Entonces Masotta se apoyó en ese grupo de desamparados y sublevó a estos contra aquellos. La limitación de eso, hoy en día, desde un rasgo local, es que tenés APdeBA, APA, que son de la medicina, prácticamente sin psicólogos. Y la Facultad de Psicología y el lacanismo se confunden, lo cual es bastante peligroso, porque el psicoanálisis no es psicología. Me decía el otro día Eric Laurent: “pasa lo mismo que en Francia”, le respondí: “no, porque en Francia los psicólogos estudian cognitiva para empujar al psicoanálisis afuera del juego”. Aquí no se toman tal trabajo. Acá dicen: “el psicoanálisis y nosotros somos lo mismo”. Yo prefiero tener un enemigo claro. Entonces, la limitación fue ésa, que la Institución de Masotta no pudo analizar, formar convenientemente a quienes logró interesar en el lacanismo. Y está lleno de sabios lacanianos que no tienen la más puta idea de lo que es la clínica psicoanalítica; saben repetir textos. Te pueden contar muchas cosas, te pueden contar La carta robada, pero a la hora de hacer psicoanálisis… Yo me fui a analizar con Eric Laurent,  porque se había analizado con Lacan. Porque de pronto digo: “y esto ¿cómo funciona?”. Freud te da pistas de lo que hay que hacer. Vos agarrás los Escritos técnicos de Freud y si no sos muy tonto, te podés dar cuenta. Pero en Lacan no hay pistas de en qué consiste la práctica lacaniana. Entonces, la gente delira, y está lleno de psicólogos que tienen una raya en la cabeza. Entonces, en el consultorio, sentido común. Vas y decís: “voy a matar a mi novia”. “No te conviene, vas a arruinar tu vida”, dice el analista. Después, agarra sus escritos de Lacan y explica alguna cosa sofisticada: te dedicás a hipnotizar gente. Esa especie de clivaje práctica-teoría, pienso que es un caso local.

La interpretación, dice Lacan, es un equívoco o lógico o semántico u homofónico. ¿Y qué se hace cuando vienen esos pacientes que te dicen: “no vengo más porque no funciona esto”? Entonces, la gente empieza a hacer cosas caricaturescas. Cuando volví, había unos psiquiatras que me invitaron a un lugar, un tipo le tiró un cenicero a otro, un loco, y el lacaniano dice: “ce-ni-cero”. Es una tontería, qué culpa tiene Lacan… La gente imaginaba que el lacanismo era eso. Cuando llegó la consigna de El acto analítico, imaginaban que el acto analítico era hacer no sé qué cosa. Porque no es fácil concluir la obra de Lacan. Freud te dice claramente: “haga unas entrevistas; esas entrevistas son para delimitar si el tipo es psicótico o no; si es psicótico, no lo tome porque va a desacreditar nuestra teoría y no va a curar nada”. Te da todas las indicaciones. Pero Lacan no te da ninguna. Entonces, la gente inventa según la cabeza que tiene. Porque la clínica es como la literatura. La literatura la hacés con palabras. Si un tipo conoce de gramática, etimología, estilística, mal no va a venir, pero tampoco lo va a hacer escritor. Podrá ser erudito, pero no escritor. Como dice Heidegger, “hablar sobre el habla no es hacer la experiencia del habla”. Hablar sobre el psicoanálisis no es hacer la experiencia del psicoanálisis.   

 

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