|
Budismo Zen y psicoanálisis
Por
Ignacio Iglesias Colillas
“Ni dejen de buscar ni
huyan; suelten”
Koan Zen.

Hacer caer al Yo. Llorar
hasta romperse. Sentarse de cara a la pulsión de muerte. Vaciarse de
toda ilusión, soltar, soltarse. ¿Es posible?
Uno de los pilares del
budismo: el carácter ilusorio del Yo. Uno de los pilares de la enseñanza
de Lacan… ensañarse con él, estirarlo, hacer saltar las costuras,
incluso perderse en uno mismo sin saber qué quiere decir “uno mismo”.
Desvestir las ficciones del “Uno mismo” para atravesar los planos de la
Identificación. Hacer pedazos al Yo, sin dejar de inventarse alguno todo
el tiempo. Jugar con máscaras, sabiendo que se oculta un Vacío, aquello
que los budistas llaman “Ku”, lo que sería más adecuado traducir por
“Vacuidad”. Una “Nada” que no melancoliza, sino que permite “ver mejor
las oscuridades”, en ausencia de posibilidad de ver claro, como le
gustaba decir a Freud.
Quizás Lacan se haya visto
seducido también por estas ideas. ¿Dónde lo fue Freud? Según él nos
confiesa en “Más allá del principio del placer”, es a través de
Schopenhauer que Freud es impactado por algunas ideas que el filósofo
alemán había tomado de Los Upanishads, antiguas escrituras de la
India. Freud admite encontrar relaciones directas entre su último
dualismo pulsional (Eros – Tánatos) y algunas de las propuestas de A.
Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, su obra
capital.
Y la “técnica del
escultor”, recordemos… restar lo que está demás decía Freud ya en 1905.
Casualmente la práctica del Zen apunta a la aniquilación del pensamiento
yoico, a apagar las olas de la mente, a extinguir las imágenes
sobrantes… ¿Y no enseñó Lacan a conducir los análisis desde lo que él
llamaba “la fuga del sentido”? ¿No es la Castración el grado cero
del sentido? ¿No es ese el Vacío que bordeamos en un análisis? Parece
que la vida no tiene ningún sentido a priori, y el budismo supo tomar al
toro por las astas, enseñando a no sufrir demás, a no ahogarse en las
ilusiones neuróticas, y más lejos aún: ir más allá del más allá,
convivir con lo insoportable. Dice el maestro Zen Taisen Deshimaru: “El
Zen es sufrimiento, inmersión en el sufrimiento (…). El Zen no aconseja
rehuir lo que puede ser duro de soportar ni tampoco buscarlo (…). Se
adquiere una actitud justa que pone las cosas en su sitio sin que la
imaginación las agrave”. Pero… para soltar la Imaginación (Ego)… hay
que sudar la gota gorda.
“Cada uno teje su propio
nudo” dice Lacan por ahí, habrá que inventarse algo nuevo que no sea la
Neurosis. Cada cual teje alguna cosa sobre ese Vacío, algo diferente –en
el mejor de los casos- a la miseria neurótica. Y tanto peso le damos a
la famosa “responsabilidad subjetiva”… y tanto cuesta desprenderla
parece del campo kantiano de la moral o del ámbito jurídico del derecho…
Con esto me refiero a cómo se esgrime dicho concepto en la práctica
clínica, y no a su definición teórica. ¿No se trata más bien de una
ética?
Tanto el budismo Zen como
al análisis lacaniano apuntan al carácter ilusorio del Yo, a su
esencia imaginaria, a su función superficial, aunque relativamente
necesaria. A desprenderse del Ego, digamos. “Tu existencia no es la
imagen en el espejo” leemos en un texto clásico del budismo. En este
contexto podríamos introducir el concepto de Samsara, entendido
como transformación, existencia condicionada, nacimiento-y-muerte,
repetición eterna, mortalidad, existencia corpórea, mundo de la
volición. Suele transcribirse este concepto en el sentido de lo
ilusorio de la realidad material; pero también es cierto que el budismo
es nihilista, niega la existencia de un “alma”, sea antes o después de
la muerte. La ilusión del estado de vigilia, la Verdad del
fantasma, Lacan la enuncia en términos de despertar para seguir
soñando… ¿Casualidad? ¿No es la transformación perpetua de todas las
cosas una verdad irrefutable? ¿No nos habla Freud de “La transitoriedad”
en 1916? ¿Qué quiere decir no quedar tomado por Lo Imaginario? ¿No nos
enseñó Lacan a distinguir la apariencia fenoménica de las cosas de
aquello invisible que las determina? Pecaríamos de ingenuos si no
auscultásemos algunos de los textos tradicionales del budismo, todos
ellos desbordantes de una desconfianza certera en los “fenómenos”.
Con el concepto de “Ku” (en
japonés) o “Sunyata” (en sánscrito) el budismo niega la posibilidad de
toda forma de existencia fenoménica estática: todos los fenómenos son
relativos y dependen unos de otros; la interdependencia es central no
sólo en el budismo sino en todo el pensamiento oriental. “Ku” o
“Sunyata” es la existencia sin sustancia.
Freud nos hablaba de la
“política del avestruz” del neurótico; Lacan de la “pasión por la
ignorancia” del mismo… casualmente, el pecado en el
Budismo es la Ignorancia, la Ignorancia es la raíz de las
pasiones y de las Ilusiones, enseñaba Buddha. El “Satori” o “despertar”
del Zen no consiste en esperar un paraíso futuro en otra vida, sino en
conocer y estar advertido del carácter ilusorio del Yo. Sabemos que el
discurso analítico no habla de “pecado”, y en rigor el budismo tampoco,
no el budismo Zen, que termina rompiendo el campo “religioso”,
situándose por fuera de cualquier rito, de cualquier religión. Debemos
decir más apropiadamente que el Zen es una praxis. Véase la
bienvenida de Lacan a esta idea para pensar el psicoanálisis en el
Seminario XI. Ni el psicoanálisis ni el Zen se proponen como “sistemas
de pensamiento” (lo que no quiere decir que muchos no lo intenten forzar
el psicoanálisis en esa dirección una y otra vez), como “concepciones
del mundo” (Weltanschaungen), sino más bien como éticas. Lógicas
del hacer. Y No – Todo ingresa en ellas.
arriba
|