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BAFICI 09:
breve reseña sobre la fascinación de una especie.
Por Sol
Titiunik

Festival,
arte, moda, modismos, prisión, masas, masas de elite, pochoclo, anteojo,
marco negro, cámara y celuloide, todos tenemos al menos un amigo que es
o desearía ser cineasta, fotogramas, pasión de registro, captura,
efímero, repetición de lo efímero, guardado, fin. Revelación: nuestra
especie nos fascina.
De este lado
del océano, más lejos del sol, junto al mar o sobre el asfalto,
confirmamos: a todos nos sucede más o menos lo mismo. Nos une lo único y
excepcional de ser.
Entonces,
soportamos las interminables filas, los títulos impronunciables, los
presentadores con retraso, los subtítulos tardíos, la prisión, la moda,
la sed voraz de consumir películas durante las escasas dos semanas en
los que estar sentados en un recinto a oscuras junto a perfectos
desconocidos nos resulta encantador. Pues, ¿qué mejor que nos presten
unos ojos otros y aún con ojos rumanos, rusos o ecuatorianos, nos hagan
descansar de nuestras propias vidas contándonos otras que en definitiva
son las mismas pero con la ligera diferencia de que no nos pertenecen?
Quizás es esto lo que aquel hombre que dormía durante ocho horas frente
a la cámara nos quería decir. Lo que sucede, en definitiva, es tan poco,
y tan compartido. Salas y salas, repletas de seres viendo a otros seres,
en movimiento, viviendo. Viven, por supuesto que viven. Y nosotros,
sentados en la oscuridad de la caverna, descansamos de nuestro vivir
durante al menos unas horas en las que devoramos hambrientos la historia
que se nos cuenta, tan evidentemente falsa, tan evidentemente viva.
Hablar del
todo es siempre tarea difícil. Hablar del arte ya lo es en sí mismo,
inexplicable e imprecisamente gozoso tanto para los realizadores como
para los mirantes que se realizan al verlo.
Hablaré,
entonces, sobre cuatro películas que me impactaron especialmente, retina
y más adentro, y que respondieron aquellos interrogantes que me llevaron
a la primera y última, fascinante, revelación.
Hooked,
de Adrián Sitaru.
Hooked, o su
traducción, Picnic, es un film que no permite cotejar relojes. La mirada
es atrapada por el objetivo de la cámara desde la primera imagen, y no
nos soltará hasta llegar a la última. No la abandonaremos, iremos con
ella hasta el final, fieles, con cada uno de los tres personajes
protagonistas en los que la subjetiva se vaya posando, alternativa y
mágicamente, veremos por ellos, por sus ojos, ajenos y rumanos, para
descansar de los propios a través de una eterna subjetiva que sostiene
la totalidad de este atrapante e inclasificable film, en el que una y
otra vez se generan los sitios y recursos comunes del cine para luego
romperlos y generar lo nuevo, irrumpiendo. Evoca al género bifurcándolo,
abriendo sobre él otro camino, una y otra vez.
La historia
es simple, como toda buena historia, e implica un trío, como todo buen
conflicto: un hombre y una mujer en un auto, un picnic como destino
final. Camino al río la pareja comienza a discutir sobre pequeñeces,
allí donde siempre suele esconderse lo grande, el motivo enraizado de la
verdadera erosión. Un niño que limpia o no limpia el parabrisas de un
auto, la posibilidad de renuncia del personaje masculino a su trabajo en
defensa de sus principios, la falsa consideración del personaje femenino
sobre la prostitución como posibilidad laboral, doblar a la derecha,
doblar a la izquierda, disminuir la velocidad, frenar. Cavando, con
paciencia, se llega a la raíz: la mujer está casada pero no con el
hombre que va en el auto. Éste le exige cumplir su promesa de elegirlo
por sobre su marido e iluminar su relación condenada a las sombras. En
plena eufórica demanda un bulto los sorprende e impacta contra el auto.
Han atropellado a una mujer, una prostituta que, a pleno sol, trabajaba
junto a la ruta.
Esto era
absolutamente previsible. Ansiábamos que sucediera desde el primer
momento en que subieron al coche y tomaron la ruta. Lo pedíamos a
gritos. Entonces lo obvio, la única solución posible para escapar del
crimen ficcional ileso: deshacerse del cuerpo del delito enterrando el
cadáver en las lejanías. En ese preciso instante, cuando todo parecía ya
visto y fotocopiado, el fotograma se ilumina brillando:
el cuerpo sin rostro de la atropellada que hasta ahora
identificábamos como cadáver a ser enterrado revive y, con ella, todo el
film.
La dirección
de actores y el casting es exacto y a la medida de la anormalidad y
normalidad, según la precisión del caso.
El rodaje se
realizó casi por completo junto al río rumano, luz día, en doce
jornadas, y con un presupuesto subnormal y desnutrido.
Una vez más
el Bafici enseña: cuando hay urgencia artística, cuando se tiene algo
que decir, cuando un montón de palabras escritas gritan desde un cajón
reclamando vida, los recursos se inventan, se sustituyen, se vuelve al
trueque, al favor, a la pasión, se olvida el sueldo pero no la
remuneración.
Y eso es muy
bello, 2009. -le diría al año si ésté me pudiera escuchar.-
Parque
Vía, de Enrique Rivero.
La película
cuenta la historia de Beto, cuidador de una lujosa mansión de la calle
Parque de la Ciudad de México, que sin poder venderse permanece vacía
hace más de diez años. Sólo Beto la habita, en un pequeñísimo cuarto del
que emerge solamente para limpiar los amplios y lujosos ambientes o
sentarse en un sillón a ver una televisión que cada noche repite
clamando los mismos sucesos de criminalidad e inseguridad, trocando cada
vez el nombre de las víctimas o los métodos de los malvivientes que se
superan a sí mismos en animalidad y obstinación. En esa monotonía
transcurre la calma vida de Beto, preso voluntario (¿preso voluntario?)
de una enorme casa que no le pertenece pero donde se siente en paz. Ésta
termina cuando la propiedad finalmente consigue su comprador y Beto se
ve obligado a abandonar el espacio que luego de tantos años, y a pesar
de no serlo según las leyes constitucionales de la propiedad privada, se
ha convertido en su hogar.
Lo que
podría ser una película más sobre la opresión del sistema capitalista y
sus cárceles, pasa a ser una película particular, quiero decir, que no
habla en general sino que apunta con sutileza y grita no sin dolor pero
sin traslucir compasión sobre la realidad que nos rodea y confronta. La
sensación de desigualdad e injusticia que sentimos cuando el encargado
del edificio pasa por nuestro departamento a retirar la basura (-No,
Juan, deje, yo la bajo, es mi basura. -dice la niña Manderlay criada por
madres filósofas) se deduce de las imágenes planteadas por Rivero sin
necesidad de infantilizar polarizando. La dueña de la mansión es una
señora de rostro bondadoso que actúa generosamente con Beto, sensible a
su situación y comprendiendo el desamparo que en él provoca la venta de
su casa. La realidad ya se cuenta por sí sola, nos dice Rivero. No hace
falta que esta mujer sea encarnada por la vil Cruela, eso dejémoselo a
los perros. No es necesario narrar la épica de malos y buenos. O mejor
dicho, no es suficiente. Rivero comprende: el ser humano y el mundo que
él ha construido es mucho más complejo. Atroz y complejo.
En esta
dirección, y gracias a un cine que se permite contar genuinamente y no
responder en automático a las leyes del modelo, podemos disfrutar de un
larguísimo primer plano del rostro de Lupe, única amante, confidente y
amiga de Beto. (Porque es necesario que así sea, que el modo de narrar
responda también a esta insurrección, liberándose de las cadenas del
sistema en el que existe. ¿Cómo opinar sino, como lo hace el film sobre
el capitalismo, empleando sus mismos métodos de narración? Esto es
discutible, pero pienso que sería en sí mismo una contradicción.) El
plano dura lo que el baile entre Lupe y un cliente entrado en años y
arrugas como surcos, en un burdel del centro de México en el que las
chicas, de espaldas anchas, de piernas fuertes bajo las ajustadas
minifaldas, se sientan a la mesa. Allí los hombres-surco las invitan una
pieza, no sin antes haber pagado sus derechos al dueño del circo (porque
siempre hay un dueño del circo). El primer plano del rostro de Lupe
vuelve a decirnos: la realidad se narra por sí sola. Ella mastica
chicle, ella nos deja ver a través de sus ojos que piensa en otra cosa,
ella nos dice bailo-en-este-tugurio-con-el-hombre-surco-y-no-padezco-es
mi trabajo-y-lo-hago-no me compadezco. La banda sonora consta de tres
bigotes con guitarras que sobre un escenario minúsculo y mugriento
cantan con dulces voces una canción de amor que nadie juzga. Un plano
eterno de la mirada de una prostituta, la música de fondo, su cara y
México, lo narran todo.
Y aquí otra
insurrección, otro gesto: Lupe es Lupe, Beto es Beto, y la señora
propietaria es la propia madre de Rivero (aunque esto sólo sea un
accidente provocado por una actriz que a último momento abandonó el
barco, gajes del oficio que el cineasta independiente sabe perfectamente
cómo sortear, apuesto hasta a la vieja dice el chiste).
El trabajo
de dirección de los no-actores no es impecable, pero hay una fuerza viva
que se traduce del gesto. El grito de Rivero es de dolor ante una
realidad que aprehende y comprende, necesita más realidad para contarla,
no menos. Entonces elige. Beto es Beto, la mansión es la mansión y el
niño Manderlay saca su basura.
Parque Vía.
Una película necesaria, que se agradece, y tranquiliza.
Rosa
Patria, de Santiago Loza.
Documental
del cordobés Santiago Loza, el film propone un entrañable retrato sobre
vida y obra del poeta Néstor Perlongher, sumergiéndose más en su
militancia y lucha activa por los derechos homosexuales que en su
aclamada obra literaria, donde la grandeza del homenajeado supera la
forma, que una vez más, se rebela y quita y desquita de sus ataduras
tradicionales. El documental incluye las clásicas entrevistas, pero el
hecho artístico las excede, las irrumpe, se filtra a cada plano, en
perfecto diálogo con el poeta y su arte. Hay poema, hay poesía, y éste
es el logro de Loza. Hay un violín que habla y un rostro de un
violinista que opina en silencio. Hay una actriz, vieja amiga de
Perlongher, que recita uno de sus poemas, hay una cámara que registra un
error en su interpretación y una edición que elige mostrarla. Hay un
cantante afeminado y bello que opina con su canto, que alude por un
costado, desde los límites de la misma disciplina hecha melodía. Hay un
famoso literato que recuerda y evoca, hay amistad, hay admiración, hay
verdad en la figura que se trae desde el túnel del tiempo. Hay una poeta
enrarecida y aguda que describe la fealdad del retratado sin tapujos,
reverenciándola. Hay un compañero de lucha que reinvindica la suya y
muestra cartulinas recortadas en forma de frutas frescas que dictan
eslogans. Hay lucha (la hubo). Hay mito tangible. Hay poesía. Hay
representación, hay teatro, hay voluntad de retratar de este lado del
marco, sin distancia. Hay retrato. Hay.
La mezcla de
disciplinas opina desde lo actual, y en ella radica la fuerza de un
documental que no venera, que no miente, que reivindica, que subraya la
fuerza de un arte argentino propio cuya llama, aún, no se ha extinguido,
y que sin decirlo nos dice, junto al eco del poeta: "No queremos que nos
liberen, queremos liberarlos a ustedes."
Castro,
de Alejo Moguillansky.
En este
mismo sentido de arte propio y actual, aparece Castro, encandilando.
Opera prima
en solitario de Alejo Moguillansky, joven director que parece haber
encontrado un lenguaje que nos pertenece, a nosotros y a él, que hace
ecos de una Buenos Aires que reconocemos en cada gesto de cada uno de
los inolvidables personajes que conforman la coreografía del film que
baila frente a la lente. Moguillansky nos habla a través de Castro
-personaje protagonista- del por todos conocido porteño, venerado y
odiado al mismo y contradictorio tiempo, que estafa a cada paso, que
arriesga lo que no tiene, que vaga por las calles de una ciudad pocas
veces filmada: la ciudad de los trenes y las pensiones, la ciudad de
Constitución y aledaños, sin mostrar, ésta vez, las repúblicas de
Bolivia y Perú, sino la nuestra, la de muletas y monedas escaseadas.
La trampa,
la estafa, la ventaja, la velocidad, la inteligencia de animal adaptable
a cualquier situación. Eso es lo que se narra. Y he aquí su hallazgo: el
realismo en el que se sumerge la trama del film, que en verdad poco
importa y ni siquiera se alcanza a comprender (nunca sabemos por
ejemplo, en qué consiste exactamente el trabajo del protagonista, de qué
huye o por qué lo persiguen el grupo de personajes secundarios y únicos
que confirman la precisión del elenco y que desata las brillantes
persecuciones en perfecto timing que se desatarán a lo largo del film)
no nos hablará ya desde el obelisco y su desocupación, sino desde un
realismo quebrado por un absurdo existencial que toma prestado de Samuel
Beckett, en el que el valor no reside en la mera representación de un
escenario más o menos verosímil sino en la opinión que el film hace
estallar a través de esa realidad que vibra, reconocible pero
transfigurada, en una relación definida e intensa con su propio suelo. Y
he aquí el secreto aplicable a cualquier representación, que alude a esa
opinión que vengo nombrando desde el inicio. Lo que nos maravilla del
arte no es la representación más o menos fiel de la realidad que
retrata, sino la realidad experimentada, atravesada por el hombre. Y
esto nos devuelve al principio: nuestra especie nos fascina, y el arte,
y el cine, nos cautiva por el mismo motivo, por esa misma fascinación.
Todo está
inventado, veamos sino las flores. El placer está en leernos en ellas
(en las películas, en las flores), identificarnos, reconocernos, y
darnos cuenta de que si nos parecemos es porque estamos vivos.
Es eso,
estamos vivos.
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