Marcelo Barros

 

TINTA ROJA

 

Por algo dijo Mallarmé que la carne es triste. Yo no he leído todos los libros, pero sé –ahora sé- que la carne es triste. Y me he preguntado por qué esas tristezas de la carne se guardan como tesoros. La carne es triste y además duele. Ciertamente es vulnerable, pero está muy lejos de ser débil. Si la carne es triste, me digo, debe ser porque no sabe renunciar. Una vez que ha conocido la dicha se aferra a ella. Repudia los sustitutos, las justificaciones. La carne no conoce el no. Intransigente y desconsolada, puede convertirse en ardua nostalgia del objeto ausente. El idioma alemán conoce en la palabra Sehnsucht la expresión conjunta de la añoranza y el deseo apasionado.

 

Meine Sehnsucht nach dir ist grenzenlos…(1)

 

Una noche, en “El arranque”, estaba bailando el tango Tinta roja cuando el dolor me tomó por la espalda. Apareció sin preámbulos como un flechazo más abajo del omóplato. Después, en mi casa, el espejo me mostró la mancha en la espalda. Sordo y perseverante, el dolor me acompañó sin concesiones. Por la noche se volvía estridente. Con el tiempo la pequeña mancha devino un trazo rojo que a la altura de las costillas serpenteaba desde la espalda hacia el pecho. Imaginé que se trataba de la tan mentada culebrilla. Para la medicina, un herpes zóster, una mutación trasnochada del virus de la varicela, según parece. Pero no es lo mismo un estricto herpes zóster que la enigmática culebrilla. Esta última es una enfermedad de la carne y no –o no solamente- de los sistemas orgánicos.

Hay males que nos convierten en personajes trágicos o cómicos. Son males teológicos, digamos, que nos envían los dioses para que nos consolemos con el cantar, como dicen la Ilíada y Martín Fierro. Las enfermedades meramente orgánicas prescinden de la épica, del romance o la elegía,  y nada más nos hacen morir en tiempo y forma sin producir otra grafía que la de las estadísticas. Yo por mi parte me encontraba más cercano a la comedia que a la tragedia. Aunque me dolía bastante y las noches eran arduas. Lo más perturbador no era tanto el dolor como que se tratase de un dolor obstinado. Que eso no cediera. Que eso insistiese.

 

                                                                                        Ich brauche dich noch…(2)

 

 

Susan Sontag postula que una persona enferma no solamente sufre por su enfermedad sino que también padece por las metáforas de esa enfermedad, por la fama que la acompaña, por los mitos que ella ha engendrado, por la literatura oral o escrita que segrega. Yo me encontré prontamente con la mitología antes de llegar al médico. La doxa antecedió a la episteme. Diferentes personas recomendaban sin vacilar y con naturalidad las virtudes curativas de la tinta china. Me aconsejaban recurrir a una persona “que supiera”, léase: a un curandero- para que, pluma en mano, cubriese con tinta china las manchas de la piel. “Se cura con tinta china” afirmaban todos. Cierto día, después de una clase de tango le comenté mi problema a Mingo. Alarmado, me dijo que debía apresurarme a ir a la curandera para hacerme aplicar la tinta china antes de que el trayecto fatal llegase al corazón, porque de lo contrario moriría.  Fue muy contenedor. Le contesté, en tono de broma, que mi culebrilla había empezado en el corazón. En ese momento no me daba cuenta –o tal vez sí- de lo que decía.

Algún entusiasta del campo ponderó el método de frotar la parte afectada con un sapo vivo. Aparte de repugnante y brujeril, ese procedimiento me resultaba, con todo, más verosímil. Vaya uno a saber qué sustancias habitan la piel de ese animal. No descartaba además un posible efecto terapéutico del shock producido por la intimidad con el batracio. Lo que la razón rechazaba era lo de la tinta china. ¿Cuál podría ser el agente curativo? Acaso la pluma actuaba según el mismo principio de la acupuntura. Otra vez lo chino. Toda esa historia  me sonaba a cuento, también chino.

Llegué al médico. Recetó un oneroso antiviral además de psicofármacos para el dolor. Amitriptilina y una benzodiazepina; ambas muy correctas. Las recetas siempre alivian. Comenzaba a esperanzarme cuando de sopetón sobre el final de la consulta el galeno aclara que pese a la medicación prescripta lo más recomendable era la tinta china. Lamentablemente él no manejaba esa técnica, dado que no era “nada más que médico”. Me despidió diciéndome que en el caso de persistencia del sufrimiento, debía consultar a un especialista en dolor… o ir al curandero.

 

Ich vermisse dich sehr…(3)

 

Fui al especialista en dolor. Aunque eso pareciera encaminarme en una dirección opuesta a la de la magia, no podía más que juzgar como algo bien extraño que una persona se postulase como “especialista en dolor”. En el título mismo había resonancias ominosas y en cierto modo metafísicas. El dolor es una categoría existencial, y no algo meramente médico. Basta una muela afligida para poner en fuga al universo. El dolor lo satura todo con el peso de la certeza. Pellizcame para saber que no estoy soñando. Sufro, luego soy. Es una señal inequívoca del ser, si acaso no es el ser mismo. Si la vida es sueño, como dice Calderón, entonces el dolor es, no digamos la muerte, pero sí el despertar. En el dolor no hay otra posibilidad que la de ser la cosa que soy, sin que se pueda soñar con otro destino. Ahí, en las lamentaciones de la carne, sucumbe toda vocación de alteridad y de irrealidad. Más o menos en tales reflexiones, llegué al consultorio del especialista.

 

Bei dir war ich ein andere Mann…(4)

 

No se trataba del Dr. Pena, ni del Dr. Schmerz, como yo hubiera esperado. Tampoco del Dr. Astiz. Se llamaba Buendía. Qué hijo de puta. La sala de espera estaba desierta. Algunas reproducciones del período azul de Picasso aliviaban la blancura de las paredes. El Dr. Buendía, cuyo semblante me recordaba alguna pintura de Otto Dix,  resultó ser puntual y poco ortodoxo. Me sometió a un interrogatorio más apropiado para un homeópata, aunque él no lo era. No sé lo que era. Era un especialista en dolor, sin duda. Apuntó casi directamente a mi vida sentimental y a la naturaleza de mis lecturas. Después de una charla de tres cuartos de hora me preguntó si yo había leído “El amenazado” de  Borges. También si estaba familiarizado con el texto del Génesis. Contesté afirmativamente en ambos casos. Gravemente dijo que el problema era que me estaba doliendo una mujer en el cuerpo. Entonces agregó:

“La mujer que Ud. padece le duele a lo largo del nervio intercostal, y no es rara la localización de la pena en ese lugar. Un miembro amputado puede doler durante mucho tiempo después de la ablación. Lo que a Ud. lo aqueja es la costilla que le falta.  Esa carencia ha dado oportunidad a la aparición de la serpiente. Sabrá Ud. -si leyó la Escritura- que después de la caída se estableció una enemistad profunda entre la mujer y la serpiente. Allí donde una se retira, la otra se hace presente y toma posesión. No tengo mucho más para decirle, más allá de esto. Para las esposas y las madres puede haber una cura. Para la mujer no. Isolda no tiene remedio. Trate de no abusar de los atardeceres y las rosas. Absténgase de las liturgias del recuerdo. El vino en particular y las bebidas alcohólicas en general son amigas de la nostalgia. No sirven para olvidar, como muchos creen, sino para recordar. En las ensoñaciones azules del tabaco el dolor se regocija. Encontrará el alivio en la tinta china.”

Después de desayunarme con Buendía, fui directamente a la librería y compré un frasco de tinta china. Empecé a escribir.

Finalmente, había alguna verdad en esa magia. En cierto modo mi enfermedad era ya una malograda escritura del amor malogrado. La letra es un designio de permanencia. Hay quienes se hacen un tatuaje para grabar en la piel el nombre del amor, acaso porque todo verdadero amor, según dice Shakespeare en sus sonetos, se quiere perdurable. La marca en el cuerpo del animal señala su  pertenencia al amo. El combatiente muestra sus heridas como insignias que dan testimonio de su amor y entrega por la Causa. Pero a diferencia de los caídos en las luchas por el poder, los amantes caídos en el drama del amor no reciben condecoraciones, y sus hechos –ya felices o desgraciados- no ameritan monumentos ni recordaciones. Nadie pronuncia discursos por los amantes muertos que, las más de las veces ni siquiera yacen juntos. La guerra, como el matrimonio, hacen historia. Pero las pasiones secretas no suelen dejar huellas socialmente visibles. Sólo quedan unas cartas de amor dispersas como recuerdos, mensajes encerrados en pequeñas botellas perdidas en el océano. ¿Dónde ha ido a parar toda esa literatura? ¿Qué se hizo de tantas cartas guardadas en altillos, en rincones oscuros, en cofres silenciosos, en los pesares de la carne?

La palabra es liviana y la carne es grave. La escritura es concebible como un esfuerzo de conjunción entre ambas. Al fin, el mismo Mallarmé fue quien dijo que todo concluye en un libro. Las pasiones aspiran a la dignidad de la escritura, sobre todo el amor. Comprendí entonces que solamente el acto de escribir podría aliviar mi dolor. Efectivamente, la carne agraviada encontró el alivio, pero no se consoló. Hay heridas que no se cierran jamás. La carne desconsolada insiste en su aspiración a la eternidad, porque no sabe renunciar.

 

 

Weil ich dich liebe…(5)

 

 

1-Mi añoranza por vos no tiene límites…

2-Te necesito todavía…

3-Te extraño enormemente…

4-Junto a vos era otro hombre...

5-Porque te amo…

 

 arriba

 

e-mail - staff - links