|

De la vida como
nombre del Ser
Alain Badiou
Traducción: Dominique Kahanoff
Sostenemos
que Deleuze está siempre en diagonal de sus propias distinciones. Como
todo gran filósofo, la maquinaria de las oposiciones
categoriales, él no la monta más que para determinar el punto que se
sustrae, la línea de fuga que absorbe sus aparentes extremidades. Es el
sentido profundo de una máxima metódica sobre la cual él no cesa de
insistir: tomar las cosas por el medio; no intentar encontrar
desde un principio uno de los extremos, y de ir, luego, hacia el otro.
No. Agarrar el medio, porque, entonces, el sentido del recorrido no está
fijado según un principio de orden, o de sucesión; está fijado por la
metamorfosis inestable que actualiza una de sus extremidades en aquella
que es aparentemente la más disjunta. Es
esto que se podría llamar el método anti-cartesiano. Hay una filosofía no
cartesiana de Deleuze, como hay un teatro no aristotélico de Brecht.
Allí donde Descartes fija negativamente y reflexivamente la
primera certeza de una cadena de razones, Deleuze agarra afirmativamente
e impersonalmente el medio de una línea de fuga.
Allí donde Descartes salta a la garantía exterior de sus
referencias por la discontinuidad del gran Otro, Deleuze intuye con una
velocidad infinita la continuidad de las metamorfosis, el intercambio
micro-económico del pequeño mismo y de su otro, o el intercambio
macro-económico del pequeño otro y de su gran mismo.
Es, en realidad, la diferencial contra el álgebra.
Pero esta oposición metódica es una oposición ontológica. Se trata de
sustituir al orden categorial y reflexivo de las certezas, la topología
fina de las inversiones, de las reversiones y de las conmutaciones. Se
trata que en cada punto el ser distribuye a los entes el mismo sentido.
Tal es la exhortación de la ontología deleuziana: Que el Ser no sea
plegado a ninguna categoría, a ninguna disposición fija de su partición
inmanente. El Ser es univoco por eso que los entes, no están jamás
repartidos y clasificados por analogías equívocas.
Preguntemos, por ejemplo, qué es el ser sexuado, o sexual.
Imposible de eso construir la intuición si se parte de la identificación
del hombre, o de lo masculino; pero tampoco si se parte, aunque más no
fuese como excepción o como mella, del ser femenino, de la interioridad
supuesta de una feminitud. Lo que es necesario, es venir al punto de
inflexión donde se embrollan, en una topología que se bifurca, el
devenir-mujer del hombre y la territorialidad masculina de la mujer. El
hombre no es pensable más que como actualización de su virtualidad femenina.
Mejor aún: no es pensable más que en el punto donde es inasignable a la
masculinidad; porque su virtualidad femenina es ella misma línea de fuga
de una territorialidad masculina. De modo que nosotros pensamos el ser
sexual cuando estamos en la indiscernibilidad entre un movimiento de
feminización y un suspenso de masculinización, que intercambian sus
energías en lo indiscernible.
Diremos también: el ser sexual, pensado según su ser, según la
activación modal de su ser, no está sexuado, no es tampoco sexual, si
entendemos por «sexual» un repertorio de propiedades. Cualquiera que sea
ese repertorio, y mismo si lo complicamos al infinito, el ser sexual no
es intuible más que en su mitad inasignable e indiscernible de todas las
propiedades que las metamorfosea las unas en las otras.
Que el ser no tenga ninguna propiedad es una vieja tesis. Pero la
renovación por Deleuze de esta tesis es que el ser es la neutralización
activa de las propiedades por la virtualización inseparada de la
separación actual de esas propiedades.
Que el ser sea la im-propiedad es también una vieja tesis; es exactamente
eso que Platon quiere decir cuando afirma que el Bien, que es el nombre
del ser, no es una idea. Porque toda idea es el ser-actual de una
propiedad, y el Bien no indica ninguna propiedad, siendo esto a partir de
lo cual toda propiedad, toda idea, viene a la potencia de la partición
que ella instituye.
Pero Deleuze transforma el tema de la impropiedad del ser. Porque Deleuze
piensa que en Platón, la impropiedad trans-ideal del Bien sigue siendo
aún una propiedad, la propiedad trascendente de lo impropio por
excelencia. ¿Cómo pensar que el ser es impropiedad sin que así se le
asigne una suerte de sobre-propiedad trascendente? ¿Cómo evitar que lo
impropio no sea al fin más que lo propio del ser? El camino que
toma es eso que él nombra la univocidad, o la inmanencia. Es la misma
cosa. Deleuze me escribió un día, en letra mayúscula: «inmanencia =
univocidad». Pero ¿de qué se trata? Se trata de que la impropiedad
del ser no sea otra cosa que la defección de las propiedades por su
virtualización; y que inversamente las propiedades de lo ente no sean
otra cosa que el simulacro Terminal de su actualización. Entonces, el ser
es de-propiación de lo propio de la propiedad, pero también apropiación
de su propia impropiedad. Lo que quiere decir que es el movimiento de dos
movimientos, o más bien: el movimiento neutro del Todo tal como en él
mismo adviene la partición de los entes según lo indivisible, o lo
indiscernible, del movimiento que los desune.
Es la razón fundamental por la cual el ser merece el nombre de Vida.
Nosotros planteamos allí una verdadera pregunta. ¿Por qué el ser, como
univocidad o inmanencia, debe llamarse «Vida»? ¿Por qué el ser como
potencia es «potente vida inorgánica que encierra el mundo»? El
nombre del ser es, en filosofía, una decisión crucial. Recapitula el
pensamiento. Incluso el nombre «ser», si es elegido como nombre del ser, envuelve
una decisión que no es en modo alguno tautológica, como se lo ve en
Heidegger. Y desde luego, todo nombre del ser declina a continuación las
nominaciones que él induce. Así para Heidegger del movimiento giratorio
que envuelve y desplaza Sein, Da-sein, y, al final del trayecto, Ereignis.
O para mi propia cuenta, la serie disjunta que pasa de múltiple a vacío,
de vacío a infinito, y, al final del trayecto, de infinito a
acontecimiento.
¿Qué es lo que en Deleuze prende el pensamiento del ser a su nombre
nietzschiano, la vida? Esto, que el ser debe evaluarse como potencia,
pero como potencia impersonal, o neutra.
Es potencia, ya que él es rigurosamente coextensivo a la actualización de
lo virtual y a la virtualización de lo actual; o aún a la impropiación de
lo propio, y a la propiación de lo impropio. O aún a la disyunción
desatante de los entes múltiples, y a la Relación, que define el Todo.
Y que en este «y», en esta conjunción, hay que pensar la desviación
moviente como movimiento del ser mismo, el cual no es ni virtualización,
ni actualización, pero, aún una vez más, el medio indiscernible de los
dos, el movimiento de los dos movimientos, la eternidad móvil donde se
anudan dos tiempos que divergen.
Y es además la razón por la cual el ser es neutro. Porque su potencia es
metamorfosear como eterno retorno de lo mismo, eso que se presenta como
partición categorial, sustraerse afirmativamente a las disyunciones que
él efectúa sin descanso. El ser es modalización por el medio de eso
que parece estar distribuido. Tampoco se deja pensar en ninguna
distribución.
Es el sentido deleuziano profundo del enunciado de Nietzsche: más allá
del Bien y el Mal. El Bien y el Mal son aquí la proyección moral, o
genealógica de no importa que partición categorial. Se podría decir, y
Deleuze dice: del otro lado de lo Uno y lo Múltiple, del otro lado de la
identidad y la diferencia, del otro lado del tiempo y la eternidad. Y
sobre todo: del otro lado de lo Verdadero y lo Falso. Pero «del otro lado
de» no significa evidentemente ni una síntesis, ni un tercer término
trascendente. Pero «del otro lado de» quiere decir: en el medio; allí
donde, en el intercambiador en red rizomática de la virtualización y de
la actualización, el ser es eso que activa la esencial falsedad de lo
verdadero y virtualiza la verdad de lo falso; el ser es eso que hace
venir la secreta bondad, la infernal bondad del Mal, y es eso que
despliega el maleficio terrible del Bien.
Y será aún pobre e inexacto decir que la neutralidad del Ser es de no
identificarse ni al bien, ni al mal; ni a lo falso, ni a lo verdadero.
Este «ni…ni» deja escapar el «y…y» de la metamorfosis. Porque el ser es
el devenir falso de lo verdadero, el devenir verdadero de lo falso, y es
luego neutro de ser y verdadero y falso.
Pero el «y…y» es él mismo todavía demasiado pobre, es todavía demasiado
categorial.
Deleuze, nosotros lo sabemos, aborrece la Lógica; el giro lingüístico y
lógico de la filosofía al comienzo de este siglo era para él una gran
desgracia. El potente mundo anglo-americano de Melville y de
Whitehead mortificado por la rumia analítica era para Deleuze un
espectáculo deprimente.
La lógica no es jamás, desde Aristóteles, más que la escritura de las
categorías, el triunfo de la propiedad contra la impropiedad. Habría que
extraer de la univocidad deleuziana otra lógica; una lógica donde,
respecto a las distribuciones categoriales, nosotros no podemos
contentarnos con las conexiones usuales. El y…y, el o bien…o bien,
el ni…ni: todo esto extenúa, dilapida, la potente neutralidad del ser.
Habría que pensar una sobre-imposición moviente del y, del o y del ni,
porque entonces se podría decir: el ser es neutro, de eso que toda conjunción
es una disyunción, y de eso que toda negación es una afirmación.
Este conector de neutralidad, este y-o-ni, Deleuze lo ha nombrado síntesis
disyuntiva. Y hay que decir: el ser, como potencia neutra, merece el
nombre de Vida porque es, como la relación, el y-o-ni, la síntesis
disyuntiva. O aún también, el análisis conjuntivo, el o-y-ni. La vida es
en efecto especificante e individuante, ella separa y desata; pero todo
tanto ella incorpora, virtualiza y une. La vida es el nombre del ser-neutro
según su lógica divergente, según el y-o-ni. Ella es la neutralidad
creadora que permanece en el medio de la síntesis disyuntiva y del
análisis conjuntivo.
Por esta razón Deleuze es el que efectúa el pensamiento más profundo de
una idea capital de Nietzsche. Nietzsche subraya que la vida es
productora de las desviaciones de valor, ella es potencia evaluante y
divergencia activa. Pero en ella misma, es inevaluable y neutra. El valor
de la vida, dice Nietzsche, no puede ser evaluado. Lo que significa
además: no hay vida de la vida; pues no es más que desde el punto de una
vida que algún ente es evaluable. Es eso, la univocidad: no hay ser del
ser. Y si la palabra «vida» conviene como nombre de esta univocidad, es a
partir de esta evidencia que no podría haber vida de la vida. De la vida
no hay más que el movimiento, él mismo pensable como entre-dos de los
movimientos de la actualización y de la virtualización. Es por lo cual
que la potencia del ser, que es el ser mismo, es neutra, impersonal, inasignable,
indiscernible. Y es a esas im-propiedades agrupadas que conviene el
nombre de vida.
Hace poco tiempo que salió mi pequeño ensayo sobre Deleuze, pero ya
comienzan a reprocharme, como una paradoja insostenible y liviana, haber
dicho que la filosofía de Deleuze implicaba una concepción ascética del
pensamiento; que ella se oponía a la espontaneidad; que ella exigía una
firme ruptura con las exhortaciones del Yo.
Preguntemos entonces: ¿qué pensamiento puede justamente estar, en la
construcción de sus intuiciones, a la altura de la neutralidad del ser?
¿Cómo venir al punto de intercambio y de desviación de los movimientos,
al punto impersonal, inasignable, indiscernible? ¿Cómo disolver las
pretensiones cerradas de nuestro ser-actual en el gran circuito integral
de lo virtual?
Deleuze es al menos tan consecuente como Nietzsche. Ahora bien Nietzsche
sabe que es necesario afirmarlo todo, que el Mediodía dionisíaco no deja
ninguna parcela de la Tierra fuera de su activación pensante. Para
Nietzsche, en cuanto embargadas en el núcleo de potencia que re-afirma su
llegada, todas las figuras de la fuerza son integrables a Dionisio, que
allí se desarticula y se recompone en esa risa cuyos dioses están
muertos. Nietzsche sabe que el nombre «Vida» nombra la igualdad integral
del ser. Y Deleuze afirma con él que el ser es la igualdad misma.
¿Cómo la neutralidad no categorial podría ella ser desigual? No por
eso, Nietzsche se pronuncia menos por el aristocratisismo, en el
pensamiento, por la supereminencia de los fuertes, eso que puede parecer
paradójico. Sin embargo, ¿quién o qué es fuerte? Es fuerte aquel que
afirma integralmente la igualdad del ser, débil aquel que permanece
desigualmente en esta igualdad, aquel que mutila y abstrae la alegre
neutralidad de la vida. Pero así concebida, la fuerza de ninguna manera
cae por su propio peso, la fuerza es concentración y esfuerzo,
despojamiento de todas las categorías bajo las cuales nosotros
construimos el abrigo opaco de nuestra actualidad, de nuestra
individualidad, de nuestro yo (moi). «¡Sobriedad, sobriedad!» , está
dicho en Mil Mesetas. Sobriedad, porque la opulencia espontánea,
la irrisoria confianza en eso que somos, nos categoriza en una región
pobre y asignada del ser. Si, ascesis, estoicismo, porque para pensar es
necesario darse los medios de dejar atrás nuestros límites, de ir hasta
al final de eso que nosotros podemos. Ascesis, porque la vida nos
constituye y nos juzga «según una jerarquía que considera las cosas y los
seres desde el punto de vista de la potencia». Ser digno de la vida
inorgánica es también no demorarse demasiado en la satisfacción de los
órganos. El nómada es aquel que sabe no beber cuando tiene sed, continuar
debajo del sol cuando desearía dormir, acostarse solitario sobre el suelo
desértico cuando él sueña con el abrazo y con alfombras. El pensamiento
nómada está de acuerdo con la neutralidad de la vida y con la
metamorfosis por el ejercicio resistente donde se abandona eso que se es.
El «devenir quien eres» de Nietzsche debe entenderse: no sos más que eso
que devienes. Pero para venir allí donde la fuerza impersonal del
Afuera activa ese devenir, hay que negociarse a sí-mismo como síntesis
disyuntiva, como análisis conjuntivo, separarse y disolverse. Aquellos
que lo hacen son los fuertes. Así se alumbra que la gran salud se gana en
la enfermedad, que hace de la salud una afirmación y una metamorfosis, no
un estado y una satisfacción; o que el héroe de la palabra flexible,
aquel por quien habla la vida indiscernible, sea el héroe de Beckett,
agotado, destrozado, cabeza que chorrea lágrimas plantadas en el serrín
de una jarra. ¿Y rehusaríamos decir que el pensamiento, el
pensamiento-vida, es un ascesis?
Hay en verdad en el pensamiento de Deleuze un terrible dolor, que es la
condición anti-dialéctica de la alegría, que es adelgazamiento de sí para
que el ser decline por su boca y sus manos su único clamor.
El nombre del ser es la vida solo para aquel que no toma la vida por un
don o un tesoro, o por una supervivencia, sino por un pensamiento que
vuelve allí donde toda categoría entra en desfallecimiento. Toda vida
está desnuda. Toda vida es descarnadura, renuncia a tomar los hábitos, a
los códigos y a los órganos; no es que uno se dirija hacia el agujero
negro nihilista. Pero al contrario para mantenerse en el punto donde se
intercambian actualización y virtualización; para ser un creador, es
decir eso que Deleuze llama un «autómata purificado», una superficie cada
vez más porosa a la modalización impersonal del ser.
¿Dónde está, entonces, la dificultad? Yo diré que ella está, como para
Nietzsche, en la teoría del signo, de eso-que-hace-signo. Eso que hace
signo para lo impersonal en lo personal, para lo virtual en lo actual,
para lo nómada en lo sedentario, para el eterno retorno en el azar, para
la Memoria en la materia; sintéticamente: eso que hace signo para lo
Abierto en lo Cerrado.
¿Sería yo fiel a Deleuze si no dijera aquí mi reticencia, mi resistencia?
Estoy convencido que nada hace signo, y que de mantener el estigma,
aunque más no fuese en el colmo de su disminución, de su diferencial
ínfima, Deleuze concede aún demasiado a alguna hermenéutica de lo
visible.
En Nietzsche, es notoria que la teoría del signo es circular. Así
Zaratustra debe identificarse como su propio precursor, aquel que es en
las calles el gallo cuyo canto anuncia su propia llegada. Eso que hace
signo para el superhombre es el superhombre mismo, o el superhombre no es
más que el signo en el hombre de la llegada del superhombre, entre el
acontecimiento y su anuncio, no se puede distinguir. Zaratustra es el
signo de Zaratustra. La locura de Nietzsche es venir en ese punto de
indiscernibilidad donde para, según su anuncio, romper en dos la historia
del mundo, hay que estrellarse a sí-mismo, ya que el solo signo de la
«gran política», donde el mundo se estrella, es esa pobre singularidad
que bajo el nombre de Nietzsche, errando solitario y desconocido en las calles
de Turín, declara su inminencia.
Pero Deleuze, como Nietzsche, debe simultáneamente marcar en los entes
actuales, cerrados y disjuntos, su co-pertenencia a la gran totalidad
virtual; y también anular esa marca de tal suerte que la neutralidad del
ser no se encuentra distribuida en categorías. Es necesario que el cierre
lleve el signo para lo abierto, haga en él-mismo signo para lo abierto.
Si no ¿cómo alumbrar que pensamos? ¿Cómo comprender que estemos
algunas veces obligados a quitar la cerca de nuestra actualidad? El signo
de lo abierto, o de la totalidad, es que ningún cierre es completo. Como
lo dice Deleuze «el juntos es siempre mantenido abierto en alguna parte,
como por un hilo tenue que lo ata al resto del universo». Este hilo, por
más tenue que sea, es un hilo de Ariadna. Él concentra el optimismo
ontológico de Deleuze. Por más disjuntos y cerrados que pueden ser los
entes actuales, un delgado estigma, en ellos, guía el pensamiento hacia
la vida total que los disponen. Sin lo cual no tendríamos, ya que nada
puede jamás comenzar absolutamente, ninguna chance de pensar lo cerrado
según lo abierto, o a partir de su virtualidad.
Pero es necesario también que no haya signo, que nada por sí mismo haga
signo. Porque si no el ser no sería más unívoco. Estaría el sentido del
ser según el ser, o en tanto que ser, y el sentido del ser según el signo
del ser. Por eso Deleuze, cuando habla de objetos, debe simultáneamente
afirmar que tienen una parte real y una parte virtual; pero que esas dos
partes son indiscernibles. De suerte que la parte virtual del objeto, que
es precisamente su abertura, eso que le hace signo hacia la Totalidad, no
es verdaderamente un signo, porque no se puede discernir su función de
signo de esa a propósito de lo cual ella hace signo. En realidad, el
punto de abertura de los conjuntos cerrados es menos aún que un hilo
tenue. Es un componente a la vez enteramente tomado en la cerca, y sin
embargo, enteramente abierto, sin que el pensamiento pueda separar
esas dos influencias, y por consecuencia sin que ella pueda jamás aislar
el signo.
Así como Nietzsche, Deleuze, para mantener el postulado de univocidad,
que condiciona que el ser tenga por nombre la Vida, debe plantear que
toda cosa es, en un sentido oscuro, como un signo de ella-misma; no de
ella-misma en tanto que ella-misma, sino de ella-misma en tanto que
simulacro provisorio, o modalidad precaria, de la potencia del Todo.
Pero si una cosa es signo de ella-misma, y su dimensión de signo es
indiscernible de su ser, es indistinto decir: Todo es Vida, y decir: Todo
es signo.
El nombre del ser será la Vida, si se lo piensa del lado de la unívoca
potencia del sentido. El nombre del ser será Relación, si se lo piensa
del lado de la equívoca distribución universal de los signos.
Los entes ellos-mismos serán enteramente disjuntos y sin proporción, si
son traídos de nuevo al ser como vida inorgánica. Serán enteramente
unidos y consonantes, si se los vuelve a traer al ser como relación.
Creo que así el equívoco es re-instalado en el corazón mismo del ser.
Quizá la distribución categorial, desechada de las grandes
clasificaciones macroscópicas, como lo sensible y lo inteligible, hace retorno
en lo microscópico, cuando la indiscernibilidad de los componentes de lo
ente lo gira equívocamente, ya sea hacia la síntesis disyuntiva de la
vida, ya sea hacia el análisis conjuntivo de la relación.
Se puede decir también: Deleuze monta un equipo fenomenológico inmenso,
virtuoso, ramificado, para poder escribir la ecuación ontológica: ser =
acontecimiento. Pero en el punto más ínfimo de eso que este aparato
captura, se reencuentra, precisamente, que eso que del ser es su
ser no es nunca acontecimiento, de modo que el ser permanece equívoco.
Por eso, instruyéndome junto a este genio, pensé tener que decir que el
múltiple puro, forma genérica del ser, no acoge jamás en sí mismo al acontecimiento como su componente
virtual; pero que al contrario el acontecimiento le adviene por una
suplementación rara e incalculable.
Hubo que para esto sacrificar el Todo, sacrificar la Vida, sacrificar el
gran animal cósmico del cual Deleuze encanta la superficie. La
topología general del pensamiento ya no es entonces, como él lo declaraba
«carnal o vital». Ella es tomada en las redes cruzadas de la matemática
severa, como decía Lautréamont, y del poema estelar, como habría dicho
Mallarmé.
En el fondo, de los dos grandes lanzadores de dados de finales del siglo
XIX, Nietzsche y Mallarmé, cada uno ha elegido el suyo. Queda que nos es
universalmente común la gran pasión filosófica del juego. Sí, se trata de
eso, lo digo de una vez por todas: pensar, es arrojar los dados.
arriba
|